Catequesis continua de los hijos

Cada año celebramos cientos de primeras comuniones y confirmaciones. Los jovencitos, y niños y niñas vienen bien vestidos y preparados para recibir el Espíritu Santo y la Santa comunión. Pero siempre me pregunto cuántos volverán para conocer más de la fe el año que sigue, cuántos seguirán viniendo a misa los domingos; cuántos volverán para confesarse de vez en cuando. Especialmente ahora que muchos niños y niñas de tercer grado se acercan a recibir los dos sacramentos a temprana edad, y dependen de sus padres para esto.

Quisiera traer a la conciencia de todos el deber que tenemos ante Dios de seguir trayéndolos a la doctrina, a la Santa Misa y a la confesión. Nosotros no queremos preparar jóvenes y niños y niñas solamente dándoles contenido sino también ayudándoles a vivir una relación personal con Jesucristo. Y eso toma tiempo y no se aprende con un libro. Lo que comúnmente decimos, “traer los niños a la doctrina” es mucho más que eso. Lamentablemente refiriéndonos a ella seguimos hablando en términos de salón de clase, como si el Catecismo fuera una prolongación de la escuela: salones, maestros, libro de texto, aprender la lección. Con esta idea, se llega a considerar que cuando reciben los sacramentos es como si se graduaran y ya no tuvieran que volver al programa de formación religiosa.

El Catecismo o “la doctrina” (educación religiosa, en Estados Unidos) es mucho más que esto: es aprender a hablar con Dios, es crear una relación de amistad con Jesús, es ejercitarnos en el amor al prójimo y experimentar el gozo de Dios en el alma. Evidentemente todo eso adaptado al alma y a la psicología del niño.

Esta educación en la fe se da principalmente en el hogar donde los principales catequistas son los papás. Y se da en la parroquia, donde hombres y mujeres enamorados de Dios comparten con los niños la alegría de creer en Él y de su amistad con Jesús. Esta misión de los padres, sostenida con la ayuda de los catequistas en la parroquia es una tarea insustituible y el mejor servicio al niño.

Como buenos padres, ustedes llevan todos los días a sus hijos a la escuela; por las tardes los llevan a los deportes u otras actividades extraescolares, e incluso los acompañan durante el juego ¡Por 13 años sin parar! Y todo este esfuerzo para poder dar a tu hijo o hija un certificado de estudios que le permita abrirse paso en la vida terrena que, como todos sabemos, es temporal y pasajera. Yo sé que tú quieres a tus hijos más que a tu propia vida. ¿Qué no serías capaz de hacer para que ellos tengan la vida eterna? Educarlos en la fe, hacerles conocer a su Salvador, introducirlos en la amistad personal y gozosa con Jesús de Nazaret, darles la alegría de recibir los sacramentos y de aprender a amar como Jesús nos amó: ¿Qué y cuanto serías capaz de invertir en esto?

El verdadero catequista del alma del niño y de la niña es Jesús mismo. Solo te pide que lo sigas trayendo a tu hijo al Catecismo y a la Santa Misa. Jesús quiere la amistad de tu hijo e hija. ¿Será que se lo puedes acercar cada semana trayéndolo a la doctrina y acompañarlo a la misa todos los domingos? Pronto comenzarán las inscripciones para el catecismo. No dejes de ofrecer este grande gesto de amor por tus hijos: Sigue acompañándolos en su camino a Jesús.

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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