La Arquidiócesis de Denver se consagrará al Inmaculado Corazón de María

Equipo de Denver Catholic

El próximo 13 de octubre, día en que se conmemora el centenario de la última de las apariciones de la Virgen de Fátima y el milagro de la danza del sol.

Dada la próxima consagración de la Arquidiócesis de Denver al Inmaculado Corazón de María presentamos una serie de preguntas y respuestas sobre el sentido espiritual que esto trae para todos los fieles.

 

¿Qué es la consagración?
Consagración significa “santificar”. Solo Dios es santo, y solo Él puede “santificar”. Cuando alguien hace un acto de consagración, siempre se hace a Dios, con el entendimiento de que nuestra consagración es un compromiso serio de nuestra parte para responder fielmente a la acción de la gracia de Dios en nuestras vidas.

Si solo Dios es santo, ¿cómo podemos consagrarnos a María?
El acto de consagración a María es esencialmente un acto de consagración a Jesús, a través de María. Como dijo el Papa Juan Pablo II: “Consagrarse a María, significa acoger su ayuda, para consagrar el mundo, el hombre, todos los pueblos y la humanidad a aquel que es santo, infinitamente santo; significa aceptar su ayuda, recurriendo a su corazón maternal, el cual al pie de la cruz estuvo abierto para amar a todo ser humano, a todo el mundo, para luego ofrecer ese mismo mundo, a cada individuo, la humanidad como un todo así como todas las naciones a Aquel que es infinitamente santo” (13 de Mayo de 1982).

“La consagración a la Madre de Dios”, decía el Papa Pío XII, “es un don completo de sí, para toda la vida y para toda la eternidad; y un don de sí que no es una mera formalidad o sentimentalismo, sino que es efectivo, comprendiendo el total de la vida cristiana, vida mariana”. Esta consagración, explicó el Papa, “tiende principalmente a la unión con Jesús, bajo la guía de María”.

¿Por qué existe una devoción al Inmaculado Corazón de María?
Como dijo el Papa Juan Pablo II, “en el corazón de María vemos simbolizado su amor maternal, su santidad singular y su rol central en la misión redentora de su Hijo” (22 de septiembre de 1986).

Benedicto XVI señala: “En el lenguaje bíblico, la palabra `corazón´ indica el centro de la vida humana, el lugar en el que la razón, la voluntad, el temperamento y la sensibilidad convergen, donde la persona encuentra su unidad y su orientación interior. Según Mateo 5, 8, el `corazón inmaculado´ es un corazón que, con la gracia de Dios, ha encontrado la perfecta unidad interior y por lo tanto puede “ver a Dios”.

La «devoción» al Corazón Inmaculado de María es, pues, un acercarse a esta actitud del corazón, en la cual el «fiat» —hágase tu voluntad— se convierte en el centro animador de toda la existencia. (Congregación para la Doctrina de la fe. Comentario teológico al tercer secreto de Fátima).

¿Cuál es la historia de la consagración al Inmaculado Corazón de María?
Si bien existe una larga historia de consagración a María, la práctica de la consagración al Inmaculado Corazón de María está estrechamente vinculada a las apariciones de Nuestra Señora de Fátima. Durante la tercera aparición, el 13 de julio de 1917, Nuestra Señora dijo a los tres pastorcitos: “Dios quiere establecer en el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón para salvar las almas del infierno y traer paz al mundo, además pidió la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón”.

El Papa Pio XII consagró a la Iglesia y al mundo entero al Inmaculado Corazón de María el 13 de octubre de 1942, a medida que la Segunda Guerra Mundial continuaba.  “A ti, a tu Inmaculado Corazón este momento trágico de la historia de la humanidad, nos confiamos y nos consagramos, poniéndonos en tus manos”, oró el Papa.

Juan Pablo II hizo lo mismo el 13 de mayo de 1982, y nuevamente el 25 de marzo de 1984, al concluir el Año Extraordinario de la Redención, en unión con muchos de los obispos de todo el mundo. El 8 de octubre de 2000, hizo un acto de encomienda del mundo al Inmaculado Corazón de María para el nuevo milenio.

Entre ellos, Pío XII y Juan Pablo II consagraron la Iglesia y el mundo entero a María un total de ocho veces. El 13 de octubre de 2013, el Papa Francisco renovó la consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María y dedicó su pontificado a Nuestra Señora de Fátima.

¿Porque la consagración será el 13 de octubre?
El 13 de octubre del 2017, es la fecha de la última aparición de Fátima, donde Nuestra Señora reveló su identidad, y donde pidió la proclamación de la devoción al Inmaculado Corazón de María, una consagración que, entre otras cosas, llama a la devoción de los cinco primeros sábados, que incluye el rosario, meditación y comunión de reparación -todo en reparación a su Inmaculado Corazón. Implica un esfuerzo por cumplir sus peticiones de oración y sacrificios por la conversión de los pecadores y en reparación de las ofensas contra la Divina Majestad.

¿Se ha consagrado anteriormente la arquidiócesis de Denver a la Virgen?
La arquidiócesis de Denver nunca ha sido consagrada al Inmaculado Corazón de María. El entonces arzobispo Charles Chaput (hoy arzobispo de Filadelfia) re-dedicó la arquidiócesis de Denver a la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre de 2004, 150 años después de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.

¿Es esta una consagración individual, o la consagración de toda la arquidiócesis?
El arzobispo Aquila llevará acabo el acto de consagración de la Arquidiócesis de Denver al Inmaculado Corazón de María, como lo pidió Nuestra Señora de Fátima, y hace una invitación a todas las parroquias y a cada católico a consagrarse de la misma manera.

¿Y qué pasa con el Sagrado Corazón de Jesús?
El camino más rápido al corazón de Jesús es a través del corazón de María. La Iglesia ve a María no como la meta final, sino como la guía, quien siempre conduce las almas que la honran con verdadera devoción, a su Hijo, especialmente a Jesús en el Santísimo Sacramento.

Cuando oramos en tiempos de necesidad al Inmaculado Corazón de María, ella a su vez señala a su hijo, es “el Camino, la Verdad y la Vida,” y tiene una manera de transmitirnos lo que dijo a los sirventes en Caná.

“Nuestro acto de consagración se refiere en última instancia al corazón de su hijo”, dice Juan Pablo II “porque como Madre de Cristo está totalmente unida a su misión redentora. Así como en las bodas de Caná, cuando ella dice ‘Haced lo que Él os diga’, María dirige todas las cosas a su hijo, quien responde nuestras plegarias y perdona nuestros pecados. Así, al dedicarnos al Corazón de María, descubrimos un camino seguro hacia el Sagrado Corazón de Jesús, símbolo del amor misericordioso de nuestro Salvador” (Sept. 22 1986)

¿Nos distrae de Cristo la devoción mariana?
No, según dijo San Juan Pablo II, quien llevaba por lema episcopal “Totus Tuus” [Todo Tuyo] refiriéndose a María, “Esta fórmula no tiene solamente un carácter piadoso, no es una simple expresión de devoción: es algo más. La orientación hacia una devoción tal se afirmó en mí en el período en que, durante la Segunda Guerra Mundial, trabajaba de obrero en una fábrica. En un primer momento me había parecido que debía alejarme un poco de la devoción mariana de la infancia, en beneficio de un cristianismo cristocéntrico. Gracias a San Luis Grignon de Montfort comprendí que la verdadera devoción a la Madre de Dios es, sin embargo, cristocéntrica, más aún, que está profundamente radicada en el Misterio trinitario de Dios, y en los misterios de la Encarnación y la Redención. (“Cruzando el umbral de la esperanza 1994).

¿Qué ocurre después de la consagración?
“El acto de confiarnos al Corazón de Nuestra Señora establece una relación de amor con ella, en la que le dedicamos todo lo que tenemos y somos”, dice San Juan Pablo II. “Esta consagración se practica esencialmente con una vida de gracia, de pureza, de oración, de penitencia que se une al cumplimiento de todos los deberes de un cristiano, así como de una vida de reparación por nuestros pecados y por los pecados del mundo” (26 de septiembre de 1986).

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

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Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

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