La gracia de la resurrección vence la cuarentena de la muerte

La resurrección de Jesús de entre los muertos causó conmoción. La idea de que realmente resucitaría de entre los muertos parecía estar lejos de la mente de los discípulos y de las autoridades romanas y judías. Aunque Jesús les había dicho a sus discípulos que resucitaría al tercer día, ellos no lo creyeron. Las mujeres que fueron a la tumba esperaban encontrar un cuerpo. Los discípulos se encerraron por temor a la persecución. Los judíos y los romanos pensaron que finalmente habían terminado con una aparente amenaza a su poder. Y fue en medio de este ambiente de miedo y derrota que Jesús resucitó de entre los muertos.

Los días que siguieron a la crucifixión y la muerte de Jesús fueron un tiempo inusual e incierto para la Iglesia primitiva, algo así como estos días de cuarentena y aislamiento para nosotros en este momento. Al celebrar la Pascua en este entorno, podemos descubrir un crecimiento espiritual de formas que podríamos haber pasado por alto en años anteriores y recordar el impacto eterno de la Pascua en nosotros.

Antes de que Jesús resucitara de la muerte, pasó por varias experiencias de aislamiento. Primero vino la experiencia de aceptar la voluntad del Padre en el Jardín de Getsemaní mientras los apóstoles se dormían. Luego fue traicionado por Judas, seguido de su condena por blasfemia frente al Sanedrín. Su Pasión estuvo llena de momentos de desolación, aislamiento y dolor, que culminaron con su muerte en la cruz.

A lo largo de las Escrituras, vemos cómo Dios usa las experiencias de soledad para provocar un renacimiento en la fe de una persona, como Elías en el desierto, David huyendo de Saúl, José en prisión en Egipto o Pablo retenido en Roma. En cada una de estas historias, Dios usó las circunstancias para ayudar a cada persona a ver su propio pecado y arrepentirse de él, sacando provecho de su sufrimiento y acercándolo a sí mismo.

El 27 de marzo durante su extraordinario discurso y bendición de Urbi et Orbi, el Papa Francisco reflexionó sobre la historia de los discípulos asustados por una tormenta mientras estaban en el Mar de Galilea y lo comparó con la epidemia de coronavirus:

“La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, proyectos, rutinas y prioridades… La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas ‘salvadoras’, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad”.

Cuando los discípulos estaban siendo arrojados sobre las olas, fue Jesús al despertar quien los salvó. Aun más importante, hemos sido salvados del infierno y de nuestros pecados a través de la muerte de Jesús en la cruz y su resurrección. Como nos recuerda el Papa Francisco, “con Dios la vida nunca muere”. Si es parte del plan de Dios para nosotros, pasar por la epidemia de coronavirus o ir a su encuentro, es algo cierto. Y ésta es la buena nueva de la Pascua: ¡somos salvos por la muerte y resurrección de Jesús! En nuestro encuentro con Jesús, ponemos toda nuestra confianza en él como nuestro Señor y también como nuestro Salvador, ¡quien elige convertirse en nuestro hermano y amigo!

Una vez más, el Papa Francisco expresa bellamente esta verdad: “El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor.” (Discurso de Urbi et Orbi, 27 de marzo de 2020).

Entonces, a pesar de estar encerrados y participar en la celebración de Pascua desde la distancia este año, el impacto que cambia la vida de nuestra participación en la muerte y resurrección de Cristo, a través de nuestro bautismo, es el mismo. ¡Mis hermanos, reciban en su corazón la verdad de que son hijos amados del Padre en Jesús!

Después de que Jesús resucitó de entre los muertos, los apóstoles todavía estaban escondidos y temerosos, pero Cristo se les apareció en varias ocasiones y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Durante estos tiempos inciertos, nosotros también debemos orar por el derramamiento del Espíritu Santo y la paz que él trae, de modo que cuando este contagio pase, nuestro tiempo de aislamiento nos fortalezca espiritualmente y estemos preparados para dar testimonio a los confines de la tierra como los discípulos.

“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y estad seguros de que yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 19-20).

Próximamente: La sabiduría de San Benito en nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

“Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta”, nos insta la Regla de San Benito. “Abramos nuestros ojos a la luz… y nuestros oídos a la voz del cielo que todos los días nos llama… ‘Si escuchas hoy su voz, no endurezcas tu corazón’” (Sal 95,8). El 11 de julio, la Iglesia conmemora a San Benito, y sus palabras de hace 1,500 años parecen perfectamente adecuadas para los tiempos desafiantes y cambiantes de hoy.

La Regla de San Benito se escribió alrededor del 530, una época en que el Imperio Romano se había derrumbado y la existencia del cristianismo en Europa estaba amenazada. Dada nuestra situación cultural actual y sus paralelos con su tiempo, creo que podemos encontrar fruto en las enseñanzas de San Benito.

San Benito creció rodeado de una cultura moralmente corrupta, pero con la gracia de Dios vivió una vida virtuosa. Después de pasar un tiempo estudiando en Roma, huyó de su decadencia moral para buscar una vida más solitaria. San Benito vivió la vida de ermitaño durante varios años antes de que finalmente fundara varios monasterios, que se convirtieron en centros de oración, trabajo manual y aprendizaje.

San Benito comienza su regla instando a los monjes a “escuchar atentamente las instrucciones del maestro y atenderlas con el oído de su corazón” (Regla, Prólogo 1). Para nosotros, esto significa establecer un tiempo diario para escuchar al Señor, tanto en la lectura de las Escrituras como en la oración conversacional y la meditación.

Nuestra base segura durante estos tiempos difíciles debería ser la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, no los mensajes en constante cambio que nos bombardean en las noticias o en las redes sociales. Para algunos, cada tendencia en línea se ha convertido en una forma de evangelio que debe cumplirse con convicción religiosa. Pero la fe que nos transmitieron los Apóstoles es el único Evangelio verdadero y el único que puede salvar almas. Aunque los tiempos y la tecnología eran diferentes, San Benito entendió la importancia de escuchar “las instrucciones del maestro”.

En su libro El misterio del bautismo de Jesús  el predicador de la familia papal, el padre Raniero Cantalamessa, aborda la necesidad de que los sacerdotes se armen para la batalla “contra los gobernantes mundiales de esta oscuridad actual” (cf. Jn 10: 12) En el centro de su reflexión está la idea de que “Jesús se liberó de Satanás mediante un acto de obediencia total a la voluntad del Padre, de una vez por todas entregándole su libre albedrío, para que realmente pudiera decir: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.’ (Jn. 4,34)”.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Pongo primero la voluntad del Padre en mi vida, en cada decisión que tomo y en todo lo que digo y hago? Si colocamos la voluntad del Padre en el centro de nuestras vidas y realmente lo escuchamos con “los oídos de nuestro corazón” como enseñó San Benito, estaremos preparados para lo que suceda y siempre daremos testimonio del amor de Dios y de los demás. Vivimos en un mundo que ha eliminado a Dios de su cultura. La historia, tanto la historia de la salvación como la historia mundial, muestra claramente lo que sucede cuando esto ocurre. Cuando Dios es eliminado, algo más se convierte en “dios”. Las sociedades descienden y eventualmente caen y desaparecen a menos que regresen al Dios verdadero y se conviertan en culturas que promuevan una vida de santidad y virtud.

Hay por menos una lección más de la regla de San Benito que es aplicable en estos tiempos de desunión y división social. Los monjes y hermanas de la familia espiritual benedictina son conocidos por su hospitalidad. La Regla enseña esta virtud de esta manera: “A todos los huéspedes que vienen al monasterio se les recibe como a Cristo, porque él dirá: ‘era forastero y me acogieron’ (Mt 25,35). Hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6:10) y a los peregrinos” (Regla, # 53).

Pidamos en nuestra oración poder ver a otros como Cristo mismo que viene a nosotros, incluso si están vestidos con lo que Santa Madre Teresa llamó “el disfraz angustiante de los pobres”. Si buscamos continuamente la voluntad del Padre y pedimos en oración por la configuración de nuestro corazón al suyo y nuestra voluntad a la suya, entonces podremos resistir cualquier desafío.