Obispo Rodríguez: ¿Se puede vivir el verdadero gozo pascual durante esta pandemia?

Vladimir Mauricio-Perez

Ante la llegada de la Pascua, muchas personas están luchando con la enfermedad, están de luto por un ser querido que ha fallecido o se encuentran angustiadas porque han perdido su trabajo y aún tienen que proveer para su familia. ¿Es posible alegrarse con Cristo en este tiempo?

En su homilía del Domingo de Pascua el Obispo Auxiliar de Denver, Mons. Jorge Rodríguez abordó esta cuestión y presentó las dificultades actuales como una oportunidad para reflexionar sobre el verdadero significado de la alegría pascual.

“La alegría de la Pascua es muy honda, existencial. Es una alegría que va más allá de cualquier elemento externo”, dijo el prelado, poniendo como ejemplo la alegría de María, quien volvió a ver al hijo de sus entrañas vivo, después de haberlo visto morir agonizante tres días antes

“Eso que sintió el corazón de esa Madre es la alegría Pascual”, aseguró.

Igualmente se refirió a la figura de María Magdalena, a quien Jesús llamó por su nombre tras haber resucitado, y a Pedro, quien pudo decirle al Maestro: “Tú sabes que te amo”, después de haberlo negado.

“La alegría pascual es muy personal”, prosiguió el obispo. “Es la alegría de saber que la muerte -también la muerte de cada uno de tus seres queridos- no es la última página del libro de una vida, sino que simplemente abre a otro capítulo que se seguirá escribiendo eternamente”.

Resaltó que, por la resurrección de Cristo, “nosotros podemos ahora ver más allá de la muerte y saber que, pasando la muerte, hay una vida eterna y la paz más allá de cualquier tormenta en esta vida”.

Así el obispo Jorge aplicó la analogía de la tormenta a la pandemia del coronavirus y a los cambios que ha traído a todas las áreas de la vida: en la salud, la vida social, el trabajo, la familia, etc.

“Esta Pascua, el Señor Resucitado nos invita a mirar más allá de la tormenta, descubrir la bonanza de la vida, de la eternidad, de la felicidad verdadera”, señaló.

“Al invierno siempre sigue una primavera, a la noche siempre sigue el día… Este es el ciclo de la naturaleza. Con la resurrección, a la muerte sigue siempre la vida, al dolor sigue siempre la salud, al Viernes Santo sigue siempre un Domingo de Pascua”.

“La alegría de la Pascua es la de saber que Jesús está vivo, que tus seres queridos que han partido antes de ti están vivos, que todos resucitaremos en el último día, que en el amor de Dios volveremos a vernos y a estar unidos. Ésta es la alegría de la Pascua”.

“Y la alegría de la Pascua es la de saber que Jesús está caminando contigo hoy, en tu casa, con tu familia, con tu comunidad, en tu enfermedad, y que nunca nos deja solos”.

“Jesús no es solo un recuerdo, Jesús es una presencia real contigo”, aseguró el obispo.

“Desde que Jesús salió de ese sepulcro y nos dijo que iba a estar con nosotros hasta el fin del mundo, ha seguido caminando a tu lado. Está vivo. Ha resucitado. Ésa es nuestra alegría pascual”.

“Y Jesús camina con nosotros a través de esta tormenta, de esta pandemia. Jesús vivo está al lado de las camas de nuestros hermanos que están luchando por su vida. Y Jesús resucitado es el que da la vida eterna a los que parten de este mundo”.

Por estas razones, aun en el momento presente, el obispo Jorge alentó a todos los fieles a continuar expresando el saludo tradicional de la Pascua “con todo el gozo, la convicción y el amor en el corazón”: “Jesús ha resucitado. ¡Verdaderamente ha resucitado!”

 

Próximamente: Cómo responder a la violencia y confusión en el Capitolio

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En estos tiempos turbulentos, todos se están haciendo la misma pregunta: “¿Cuál es la verdad?”. Según se conteste esta pregunta, y dado el relativismo de nuestro día, nos dividimos en bandos. La división se hizo totalmente manifiesta cuando un grupo de personas irrumpió en el Capitolio en Washington D.C. el pasado 6 de enero. En ese momento, vimos estallar claramente la ira y la violencia, generados por sentimientos de supresión de derechos, justo como lo habíamos visto los meses anteriores en muchas de nuestras ciudades más grandes. Tanto la derecha como la izquierda han recurrido a la violencia, lo cual es inaceptable en una sociedad civil y democrática.

¿Cuál es la raíz de esta agitación? Nuestro país está sufriendo de la descomposición de la integridad moral común y las verdades que la constituyen y que nos han permanecido unidos por unos 245 años. Ahora, cuando las personas buscan la verdad sobre casi cualquier tema, no encuentran una sola respuesta. En cambio, se encuentran con una multitud de voces contrapuestas, cada una con su propia agenda. Cada vez es más difícil encontrar una persona o una organización que busque el bien común.

Pero ¿qué debería un católico hacer durante este tiempo? ¿Cómo deberíamos responder a los constantes ataques a nuestros valores nacionales y religiosos y el deterioro de la buena intención hacia nuestro prójimo?

La única solución que reparará la debilitada integridad moral de la sociedad es la búsqueda de Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida. Recuerdo ahora mismo ese verso del salmista que dice “Aunque braman las naciones y tiemblan los reinos, él lanza su voz y la tierra se deshace. El Señor de los Ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob” (Sal 46,7-8). Él es el único que puede penetrar nuestra postura y retórica y disipar la tiniebla de la confusión. Jesús, la Palabra de Dios, nos revela a nosotros mismos y nos muestra el camino a la felicidad verdadera, como individuos y como sociedad.

Para permitir que Dios haga esto, debemos redescubrir el valor del silencio y pasar tiempo con él en su Palabra y los sacramentos. Tal como Dios se mostró a Elías en el monte Horeb, no estaba en el gran viento, en el terremoto o en el fuego; estaba en “el susurro de una brisa suave” (cf. 1 Reyes 19,9-12). Esto significa que debemos poner nuestra confianza de salvación en Cristo y buscar su sabiduría sobre cómo vivir, en vez de convertirnos en comentaristas, políticos o partidos políticos. Ellos pueden promover legislaciones o dar discursos que contienen verdad, y eso es loable y debe apoyarse cuando suceda. Pero no debemos olvidar que estamos hechos para el cielo y estamos llamados a construir el reino de Dios, no una utopía en la tierra. Jesús nos recuerda que primero debemos buscar “el reino de Dios” y “la voluntad del Padre”. San Pablo les recordó a los romanos, y hoy nos recuerda a nosotros, “No os acomodéis a la forma de pensar del mundo presente; antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12,2).

Esto significa ver tanto a nuestros amigos como a nuestros enemigos como hijos e hijas del Padre, sin importar sus creencias, etnias o afiliación política. Esto implica adoptar la visión de la Madre Teresa, de San Francisco o de Julia Greeley. Vieron a otros como Jesús lo hace.

Cuando Jesús se encontró con la mujer sorprendida en adulterio, no la condenó, sino que la llamó al arrepentimiento. Tanto San Francisco como la Madre Teresa experimentaron un llamado a cuidar de los despreciados, lo que ciertamente aplica a nuestro ambiente sobrepartidista. En vez de los leprosos o enfermos abandonados a su muerte en los desagües que San Francisco y la Madre Teresa cuidaron, se nos está pidiendo a cada uno de nosotros que veamos a nuestros vecinos, familiares, amigos o enemigos con los ojos de Jesús. San Francisco se conmovió y besó a un leproso y después se dedicó a cuidarlos. La Madre Teresa fue llamada a recoger a los enfermos y moribundos y defender a los no nacidos. Nosotros estamos llamados a hacer las mismas obras de misericordia, pero también a amar a otros como Cristo no ha amado. No podremos hacer esto al menos que recibamos el amor de Dios y reconozcamos que él es real.

Que nuestra Santa Madre, Reina de la Paz, interceda por nosotros y nuestro país, para que nos arraigamos más completamente a la Verdad, que nuestra mente se convierta en la mente de Cristo, y que nuestro corazón sea más como el Sagrado Corazón de Jesús.