Beata Conchita, modelo de esposa, de madre y amante de Cristo

 

Concepción Cabrera de Armida

Hablamos con el obispo auxiliar de Denver monseñor Jorge Rodríguez sobre Concepción Cabrera de Armida, la nueva beata mexicana y fundadora de las Obras de la Cruz.

Posted by El Pueblo Católico on Friday, May 17, 2019

@Calenvilla

¿Puede una mujer casada decir que su alma le pertenece a Cristo? ¿Puede una madre de familia sacar tiempo para la oración, la comunión diaria y para recibir dirección espiritual? ¿Puede una viuda, después de haber tenido nueve hijos, fundar comunidades laicales y congregaciones religiosas? Concepción Cabrera de Armida, más conocida como Conchita, responde afirmativamente a todas estas preguntas. Ella será beatificada el 4 de mayo en la Basílica Nuestra Señora de Guadalupe de la capital mexicana.

Para conocer más sobre la vida de esta mujer hablamos con la hermana Claudia Govea, integrante de las Hermanas Misioneras de la Caridad y de María Inmaculada, una congregación perteneciente a la Familia de la Cruz, que vive la espiritualidad de la cruz (inspirada en la revelaciones a Conchita) y que está presente en Denver.

Conchita nació en San Luis Potosí, México, en la fiesta de la Inmaculada Concepción: 8 de diciembre de 1862 y perteneció a una familia acomodada, de una profunda fe católica en la que siempre le enseñaron a vivir en espíritu de servicio. Recibió una educación básica con nodrizas en su casa y pese a que su instrucción era tan elemental, sus escritos tienen un alto nivel teológico. “Jesús le hizo muchas revelaciones, ella llegó a sentir que Él reposaba en su pecho”, dijo la hermana Claudia.

Esposa y madre

A los 13 años conoció en un baile a Francisco de Armida, quien fue su novio por nueve años. “A mí nunca me inquietó el noviazgo en el sentido de que me impidiera ser menos de Dios”, escribió Conchita. “Se me hacía fácil juntar las dos cosas”.

La hermana Claudia, también oriunda de San Luis Potosí, dice que ella fue “muy guapa, llevaba una vida normal dentro de su entorno”.

“Cuando veía a la gente criticando, ella los cortaba, siempre sacaba un chiste para que todos se rieran y dejaran de hablar del tema”, indica la religiosa.

Antes de casarse le pidió a su novio Pancho que la dejara comulgar diariamente y él accedió. Contrajeron matrimonio el 8 de noviembre de 1884 cuando ella tenía 22 años. “Mi marido tenía un carácter muy violento, era como la pólvora, luego pasaba el fuego y se contentaba apenado”, confiesa Conchita, “pero al cabo de algunos años cambió tanto que su mamá y hermanas se admiraban. Yo creo que era la gracia y el continuo limarse el pobre con esta lija y duro pedernal”, escribió en su diario.

Conchita y Pancho tuvieron nueve hijos. Dos de ellos sintieron el llamado a la vocación religiosa: Manuel, el tercer hijo se ordenó sacerdote Jesuita y Concepción, la cuarta, ingresó a la orden de las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús.

Cuatro hijos contrajeron matrimonio: Francisco, Ignacio, Salvador y Guadalupe, mientras que los otros tres hijos murieron a una edad temprana. Carlos de 6 años, Pablo de 18 y Pedrito, el menor, murió de 3 años ahogado al caer en una fuente en su casa. “Hacía unos momentos que había estado a mi lado y al salirse de la pieza, dicen los otros niños que dijo que iba a sacar agua de las palomas. Había tres criadas cerca de la fuente y nadie lo vio caer”, narró Conchita. “Me fui a los pies del Crucifijo grande y ahí, llenando sus pies de lágrimas, le ofrecí, inclinada, el sacrificio de mi hijo, pidiéndole que se cumpliera en mí su divina voluntad”. Cuenta la hermana Claudia que en el proceso de beatificación investigaron de manera exhaustiva este episodio y concluyeron que no fue descuido de Conchita ya que “esto le puede pasar a cualquier mujer”.

La beata “se relacionó con muchos obispos, obedecía a lo que le dijeran sus directores espirituales”, dice la hermana Govea. “A la vez atendía a sus hijos, cocinaba, era capaz de leer, de orar y enseñar a orar a sus hijos, de hablar con su director espiritual, visitaba a los enfermos, buscaba el modo de ayudar, como esposa no descuidó a Francisco quien verdaderamente lo amó”.

Conchita buscaba dar consejos prácticos a sus hijos, tanto a los casados como a los religiosos: “No uses palabras duras con Elisa y mucho menos ofensivas”, le escribió a Francisco, su hijo mayor cuando contrajo matrimonio. “Mantente en silencio durante los primeros impulsos y nunca te arrepentirás de haberlo hecho”. Y de Concepción, su hija religiosa, dijo: “Joya tan linda no era para el mundo: el Señor la escogió para sí”.

Su esposo Pancho murió cuando ella tenía 39 años: “He sentido el bisturí divino en mi alma cortando todo lo que me ataba a la tierra”, dijo la hoy beata. “Ya con anticipación me había ocupado de que se confesara y de que recibiera el santo viático… le recé muchas veces las oraciones de los agonizantes”, escribió en su diario.

Experiencias místicas

En 1894 Conchita comienza a tener lo que se llaman las Apariciones de la Cruz, orando frente al Santísimo la Iglesia de la Compañía en su ciudad natal. “Primero se le apareció el Espíritu Santo que lo vio rodeado de una gran luz y luego vio la cruz pero esa cruz ella cuenta que la vio después de la cómunión”, dice la hermana Claudia. “El corazón estaba vivo, palpitante, humano, pero glorificado; estaba rodeado de fuego material, parecía movible, como dentro de una hoguera y por encima brotaba de él otra clase de llamas como lenguas de fuego de más calidad…”, describió Conchita. En este corazón está incrustada una cruz pequeña la cual “significa en la cruz el dolor que causamos las almas a las que Jesús les tiene más confianza (a veces consagrados)”, dice la hermana Goeva. Así Conchita descubrió que su misión era la de salvar almas y uno de los medios era el ofrecimiento de las cruces y dolores de cada día. Con esta experiencia y con la dirección espiritual del padre Félix de Jesús Rougier y de monseñor Ramón Ibarra y González (primer arzobispo de Puebla) se dio inicio al Apostolado de la Cruz (ver recuadro). “La cruz nos invita a la purificación (…) Es un modo de vivir nuestro ser y de ofrecernos a Jesús como víctimas”, indica la hermana Claudia.

En varias de sus revelaciones, Jesús le expresaba su preocupación por los sacerdotes: “Que no teman, que soy yo; que si me han ofendido”, le dijo Jesús a Conchita, “soy yo el perdón de Dios; que en mí tienen un hermano, un hijo, una madre, un padre, un Dios-hombre ¡que los ama con las entrañas más tiernas, con las predilecciones sin nombre, que les extiende los brazos y quiere salvarlos, estrecharlos contra un corazón que se dejó romper para que en él cupieran todos los sacerdotes, para transformarlos en mí, su Jesús, todo misericordia y bondad”.

Las revelaciones que tuvo las escribió en 66 volúmenes de manuscritos, los cuales están en perfecta congruencia con lo que enseña el Magisterio de la Iglesia. “Al final de sus días tuvo la tentación de pensar que nada de lo que a le pasó fue verdad”, cuenta la hermana Claudia. “Sin embargo ella tuvo fe y murió en olor de santidad”. Una de sus últimas palabras fue “esta misa ha terminado”. Conchita falleció el 3 de marzo de 1937. Cuenta la hermana Claudia que para toda la Familia de la Cruz “su beatificación es el sello que certifica que, si somos fieles a nuestra espiritualidad, viviremos de acuerdo al Evangelio y la voluntad de Dios”.

 

Las fundaciones de la Beata Conchita

Concepción Cabrera fundó cuatro comunidades y los miembros de estas han fundado a su vez otras más, a todo ello se le conoce como “La familia de la cruz” y ellos buscan ofrecer los sufrimientos y mortificaciones para la salvación de las almas.

 

El Apostolado de la Cruz: Para laicos, sacerdotes religiosos, religiosas y obispos. 

Invitan a vivir plenamente el misterio de la fecundidad cristiana ejerciendo el sacerdocio bautismal y a descubrir en la vida diaria, el valor salvífico del dolor aceptado por amor.

 

Las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús:.  

Religiosas contemplativas que hacen adoración eucarística perpetua y oran por los sacerdotes. Su lema: “Por ellos me consagro”.

La Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús:. 

Laicos con vida comprometida en la oración y las obras de misericordia, especialmente dirigidas en favor de los sacerdotes.

 

La Fraternidad de Cristo Sacerdote

Es una asociación de sacerdotes tanto diocesanos como religiosos que promueve la santidad del sacerdocio ministerial a través de la amistad, los encuentros y la vivencia común del espíritu de la Cruz.

 

Los Misioneros del Espíritu Santo

Sacerdotes religiosos que tienen, entre otras tareas, la de animar a las cinco obras de la Cruz y hacer efectivo el carisma sacerdotal heredado de la Sra. Cabrera y de su fundador, el padre Félix Rougier. Su lema es “Ante todo contemplativos y después hombres de acción”.

Fuentes: Libros Concepción Cabrera, la amante de Cristo de Javier Sicilia y Diario Espiritual de una madre de familia, de Concepción Cabrera de Armida.

Fotos: Misioneros del Espíritu Santo.

 

 

Próximamente: El Evangelio de la Vida- La medicina de nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

Han pasado 25 años desde que San Juan Pablo II lanzó su histórica carta encíclica Evangelium Vitae – El Evangelio de la Vida – que hizo una contribución significativa a la comprensión de la Iglesia de cómo se debe valorar la dignidad humana de cada persona. A lo largo de los años desde su publicación, el mundo ha sido testigo de una erosión constante de las leyes y las creencias sociales comunes que han protegido esta dignidad dada por Dios, desde los cambios a lo que el estado reconoce como matrimonio, la forma en que tratamos a los ancianos, a la continuación destrucción del feto. El Papa Francisco ha unido su voz a esta enseñanza al enfatizar el valor propio de los no nacidos y los ancianos mientras habla fuertemente en contra de nuestra cultura de usar y tirar en todo el mundo.

Siempre he apreciado la naturaleza clara y profética de Evangelium Vitae. De hecho, la amenaza actual del virus COVID-19 será un momento decisivo en cómo nuestra sociedad trata la dignidad de cada persona. ¿“Respetaremos, protegeremos, amaremos y serviremos la vida, cada vida humana” (EV, 5) en la forma en que respondemos, o solo cuidaremos de nosotros mismos? ¿Respetaremos la vida de los ancianos tanto como de los jóvenes?

San Juan Pablo II tiene palabras de sabiduría para nosotros en esta elección: solo en la primera dirección “encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad” (EV, 5). Solo cuando los países siguen el Evangelio de la Vida, vendrá la paz verdadera y duradera.

En una entrevista para El Pueblo Católico, el padre Ángel Pérez subraya que la dignidad y el valor de cada persona tienen su origen en la imagen y semejanza de Dios. Hoy vemos la devaluación de la persona en la implementación generalizada de la creencia de que la verdad es relativa y determinada por cada persona. El Evangelium Vitae advierte que esta forma de acercarse a la vida lleva a las personas a llegar inevitablemente al punto de rechazarse unas a otras como obstáculos en el camino o como herramientas para la autosatisfacción. (Cf. EV, 20).

El padre Luis Granados aborda el aborto y la eutanasia como ideas que actualmente están de moda como principales amenazas contra la vida humana. Algunos han presentado el argumento de que el cambio climático o la inmigración son agresiones contra la vida humana que son tan moralmente graves como el aborto y la eutanasia. Pero estos problemas son cualitativa y moralmente diferentes. Entre las diferencias que resalta están el hecho de que un niño no nacido es inocente, que estos actos implican la toma directa e intencional de la vida, y que matar a los no nacidos, ancianos y discapacitados corrompe el corazón de la persona que quiere o participa en causar su muerte, de una manera que destruir el medio ambiente no lo hace.

La seriedad de estos importantes temas resalta los desafíos importantes que enfrentamos hoy en día. Como dice San Juan Pablo II, “perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. A su vez, la violación sistemática de la ley moral, especialmente en el grave campo del respeto de la vida humana y su dignidad, produce una especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios” (EV, 21). Hemos visto crecer la obscuridad progresiva especialmente en los últimos 10 años con el suicidio asistido por un médico, la redefinición del matrimonio y algunos obispos, aún más tristemente, ya que deberían saberlo mejor, argumentando que el aborto es un tema preeminente en la votación. .

Como creyentes en la Resurrección y como personas redimidas por Jesús, somos llamados para entrar en esta oscuridad con la luz del Evangelio. En la lectura del Evangelio de Juan el pasado fin de semana, Jesús abrió los ojos del ciego, y muchos están espiritualmente ciegos hoy. Jesús desea abrir sus ojos si ponen su fe en él. Jesús nos enseña: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan. 8:12).

A medida que celebramos el 25 aniversario de Evangelium Vitae, las palabras de cierre de San Juan Pablo II resuenan aún más fuerte: “A todos los miembros de la Iglesia, las personas de la vida y para la vida, hago esta petición urgente, para que juntos podamos ofrecer a este mundo nuestras nuevas señales de esperanza y trabajar para asegurar que la justicia y la solidaridad aumenten y que se afirme una nueva cultura de la vida humana, para la construcción de una auténtica civilización de la verdad y el amor”. En este momento del coronavirus es bueno recordar esta esperanza y continuar construyendo una “civilización auténtica de la verdad y el amor”.

Que nuestra Señora de la Nueva Evangelización interceda por nosotros durante estos tiempos difíciles y nos ayude a estar atentos a la inspiración del Espíritu Santo para ver cómo podemos defender la dignidad de cada persona desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.