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lunes, diciembre 5, 2022
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El deseo de los primeros cristianos: proteger y proclamar el evangelio

Un día en la preparatoria oí a dos compañeros que, riéndose, decían que en realidad no se podía creer en el cristianismo, porque ¿quién podía estar seguro de lo que había sucedido hace 2000 años? De seguro la Biblia y todo el mensaje ya se había desfigurado. Yo no tenía ni idea de cómo responder en ese entonces, pero sabía que había algo que no iba. Entendía vagamente que la fe, la Misa y muchas cosas más no se habían inventado, sino que las habíamos recibido de Cristo y los apóstoles.

Mi instinto católico no me había fallado. Después aprendería que, aunque a través de los siglos la fe de los apóstoles se ha desarrollado para explicar nuevos retos y realidades, la Iglesia católica siempre la ha protegido como su tesoro más valioso y no ha permitido que se desfigure.

Sin embargo, muchos no católicos sostienen que la Iglesia primitiva era otra, y que la Iglesia católica surgió como una corrupción de la primera Iglesia.

En esta edición queremos resaltar de forma general lo católica que en verdad era la Iglesia primitiva y el hecho de que sigue siendo la misma. Para ello, nos detendremos en tres aspectos: la Misa y la Eucaristía, la estructura de la Iglesia y los Evangelios.

Atesorar: la actitud de los primeros cristianos

Antes de entrar de lleno en cada tema, es preciso hablar primero sobre tres cuestiones de gran importancia que el apologista católico Joe Heschmeyer resalta en su libro sobre la Iglesia primitiva The Early Church was the Catholic Church. Contra la teoría de que hubo una corrupción masiva en la Iglesia primitiva afirma que es de vital importancia resaltar el celo que la Iglesia primitiva tenía por proteger lo que recibió de los apóstoles, la realidad de la Tradición y el corto tiempo en que tantas corrupciones tuvieron que haber sucedido.

De esta manera se quiere ilustrar lo insólito que hubiera sido una corrupción en todo el cristianismo en los primeros tres siglos y el hecho de que, en última estancia, no hay pruebas suficientes para creer que hubo una “gran apostasía» que llevó a la Iglesia a inventar sus propias creencias.

Celo por proteger la fe

En primer lugar, es importante recalcar que la Iglesia guardaba con tanto fervor el mensaje recibido directamente de los apóstoles, que cualquier novedad doctrinal que no venía directamente de los Doce se recibía con sospecha. Este deseo de proteger ese tesoro guiaba a la Iglesia primitiva en la defensa de la fe.

Los mismos apóstoles no solo defendían la fe constantemente, sino que también preparaban y exhortaban a sus sucesores a luchar contra doctrinas y profetas falsos.

San Judas escribe: “… me he visto en la necesidad de [escribirles] para exhortarlos a combatir por la fe que ha sido transmitida […] porque se han introducido solapadamente algunos que hace tiempo la Escritura señaló ya para esta sentencia. Son impíos…” (Jud 1,3).

San Pablo también advierte a Timoteo: “Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, buscarán maestros a su gusto” (2 Tim 4,3). “Toma como norma la sana doctrina que has oído de mí sobre la fe y el amor según Cristo Jesús. Conserva la preciosa verdad que se te ha encomendado…” (2 Tim 1,13-14).

San Juan también escribe: “El que se aventura y no permanece en la doctrina de Cristo no posee a Dios; el que permanece en la doctrina, ese posee al Padre y al Hijo” (2 Jn 1,9).

¿Qué nos dice todo esto? Que los apóstoles enseñaron a los primeros cristianos a medir las nuevas doctrinas según la fe que habían recibido, es decir, a no aceptar enseñanzas que contradecían el mensaje recibido directamente de ellos.

Se refutaba la herejía con la tradición

Esto se muestra en el hecho de que los primeros cristianos creían que para refutar una herejía o doctrina falsa simplemente bastaba mostrar que esa enseñanza no podía remontarse a los apóstoles.

Esto era más que suficiente: esas enseñanzas extrañas tenían otro origen y no concordaban con el mensaje que habían recibido. Esta ha sido la actitud de la Iglesia a través de los siglos.

San Jerónimo escribe alrededor del año 380 d. C.: “Debemos mantenernos en la Iglesia que fue fundada por los apóstoles y sigue hasta el día de hoy. Si oyes de algunos que se hacen llamar cristianos, pero toman su nombre no de Jesucristo, sino de otro, […] pueden estar seguros de que no está ahí la Iglesia de Cristo, sino la sinagoga del anticristo.

Pues el hecho de que surgieron después de la fundación de la Iglesia es prueba suficiente de que son ellos de los [maestros falsos] que se profetizó que vendrían” (Diálogo contra los luciferinos, 28).

Por esta razón, quien dice que el error y la corrupción “poco a poco” se apoderaron de la Iglesia primitiva tiene la responsabilidad de explicar claramente 1) qué creían los primeros cristianos, 2) qué error se introdujo y 3) cómo y cuándo se introdujo.

Decir simplemente que el error se infiltró “poco a poco” resulta un argumento muy pobre, dado que los primeros cristianos tenían el evangelio por lo más sagrado, y lo defendían acérrimamente. El error no entraba desapercibido, sino que hacía estruendo y se le llamaba “herejía”.

¿Suficiente tiempo para una gran apostasía?

Otro problema que enfrenta el argumento de que hubo una corrupción masiva de la Iglesia primitiva muy temprano es el tiempo en el que se dice que sucedió.

Tan pronto como el año 107 d. C. ya tenemos a san Ignacio de Antioquía dando testimonio que respalda la fe católica. No solo llama a la Iglesia “católica” y describe la jerarquía de esta, sino que también atesta la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Lo mismo hace san Justino mártir en torno al año 155 d. C. y luego san Ireneo en torno al año 180 d. C. Ireneo además describe la primacía de la Iglesia de Roma y habla claramente sobre la Tradición.

San Ireneo fue discípulo de san Policarpo, quien a su vez fue discípulo de san Juan apóstol.

Y lo que tienen todos en común, incluso al hablar sobre cosas tan profundamente católicas, es que lo hacen afirmando que nunca se han desviado de la enseñanza que recibieron de los apóstoles, que solo transmiten el mensaje recibido, que no se sienten con la libertad de modificarlo.

Con guardianes como ellos, ¿cómo podía corromperse tan fácilmente la Iglesia primitiva y, más aún, sin que nadie hubiera dicho nada al respecto?

 

Este artículo se publicó en la edición de la revista de El Pueblo Católico titulada «El tesoro de los Apóstoles». Lee todos los artículos o la edición digital de la revista AQUÍ. Para suscribirte a la revista, haz clic AQUÍ.

 

Fuente: Joe Heschmeyer, The Early Church Was the Catholic Church, Catholic Answers.

Vladimir Mauricio-Pérez
Vladimir Mauricio-Pérez es el editor de El Pueblo Católico y el gerente de comunicaciones y medios de habla hispana de la arquidiócesis de Denver.
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