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martes, febrero 27, 2024
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El regalo, la esperanza y el costo de la Navidad

Hace algún tiempo, durante un momento de oración, percibí que el Señor me dijo: “No pienses solo en lo que es humanamente posible”. En nuestra vida cotidiana, esta es nuestra experiencia más común: pensar solo en lo que es “humanamente posible”. Nuestros días transcurren de una cosa en otra: de la casa al trabajo, del trabajo al mercado o a algún evento semanal, de una conversación con un amigo a otros quehaceres. Entre una y otra cosa, los años pasan y la vida solo parece perder su sentido, frescura y vitalidad. Pero es mediante estos eventos que Dios viene a nuestro encuentro. Es a través de lo más sencillo y simple que Dios viene a darle sentido a nuestra vida. Y en todo esto, Dios nos invita no solo a reflexionar sobre lo que es posible para nuestra humanidad, sino a reflexionar sobre la posibilidad de encontrarnos con su amor infinito en todo acontecimiento de nuestra vida. Pero su amor trasciende toda expectativa, como lo vemos en el evento que cambió el curso de la historia y que tiene la capacidad de cambiarlo todo en nuestra vida, la Navidad. En la Navidad, el amor de Dios se manifiesta de una forma concreta; literalmente, se manifiesta de una forma “encarnada”.

¿Alguna vez has reflexionado sobre el mejor regalo que has recibido? ¿O sobre el mejor regalo que te gustaría recibir? Mediante su encarnación, Dios viene a darnos algo infinitamente más grande, y no solo algo más grande que nuestros más grandes deseos, sino algo más grande que nuestra capacidad de desear. Como lo muestra nuestra experiencia humana, somos limitados y nuestra capacidad de soñar es limitada. Pero Dios es infinito y su amor no es menos que su grandeza e infinidad. Dios sabe que nuestro más grande deseo es ser felices, puesto que él mismo ha puesto este deseo en nuestro corazón. Es por eso que Dios se encarna, no solo para darnos otro regalo que pasará y que está marcado por nuestras limitaciones humanas; Dios se encarna para darnos un regalo eterno. Dios se hace hombre para darse a sí mismo, se encarna para salvarnos.

Este es el regalo de la Navidad. “Poseer” a Dios es el regalo que Cristo nos trae con su nacimiento. Si creemos esto verdaderamente, el fruto inevitable es la esperanza, la cual tiene el poder de cambiarlo todo en nuestras vidas. Nos da una perspectiva que trasciende toda expectativa humana. Es esta esperanza la que ilumina nuestro corazón al hacer el largo viaje de nuestra vida en busca de Belén, donde podremos contemplar la simpleza de Dios hecho niño, reposando pobremente sobre la paja, rodeado de animales, envuelto en pañales, temblando de frío.

Pero si este es el regalo de la Navidad, eso quiere decir que hay un precio que pagar por nuestra esperanza, no de parte del que lo recibe, sino del que lo da. Y ¿cuál es el precio que él pagó? Compartir nuestros sufrimientos, nuestras flaquezas y miserias y, ultimadamente, nuestra muerte. En otras palabras, el precio de haber nacido para darse a nosotros es su muerte. El precio de darnos esperanza y vida fue cargar nuestra desesperanza (fruto de nuestro pecado) y dar su propia vida.

Es fácil dejar pasar esto por alto durante el tiempo de la Navidad. Es fácil distraernos con mil cosas cuando es tiempo de celebrar su venida. Es fácil pensar y contemplar solo lo que es “humanamente posible” al buscar satisfacer nuestro corazón con cosas pasajeras. Entre preparar esto y aquello, viajar de un lugar a otro, entre este y aquel regalo, es fácil olvidar abrir nuestro corazón para recibir el mejor regalo de nuestra vida o no recibirlo por completo. Cristo viene a darse a nosotros como el regalo de navideño que el mundo jamás imaginó, viene a darnos esperanza en medio de la oscuridad, viene a darnos vida y a pagar el costo de poseerlo como el regalo eterno. Es este el misterio que hemos anticipado en el Adviento y que contemplamos durante este tiempo de Navidad. Que nuestro corazón esté abierto para recibir este gran regalo. ¡Aún hay tiempo!

Edgar Mares
Edgar Mares
Edgar Mares es especialista en evangelización para la arquidiócesis de Denver.
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