“Es un milagro”: El niño prematuro que afianzó la fe de su familia

Vladimir Mauricio-Perez

“El doctor me dijo que, si quería salvar la vida de mi hijo, tenía que dar a luz en la próxima hora. Solo tenía 26 semanas de embarazo”, cuenta María Ramos recordando el doloroso momento en el que creyó que perdería a su hijo Mateo. Su esposo, Ricardo Luna, y sus dos hijos: Judith de 11 años y Ricardo 9, con ojos llorosos la acompañan, recordando los cuatro meses que habían pasado en el hospital University of Colorado-Anschutz, viendo a Mateo luchar por su vida en la unidad de cuidados intensivos neonatales (UCIN).

Aun así, en medio de esta escena sufriente, sus lágrimas se entrelazan con sonrisas al recordar los momentos que les han dado esperanza en su camino: una sonrisa de Mateo al escuchar la voz de su madre o verlo finalmente descansar tras ser arrullado por sus padres.

“Estaba muy chiquito cuando nació. Medía 11 pulgadas y pesaba 1 libra, 7 onzas. Ahora pesa 8 libras y 2 onzas”, dice Ricardo con una sonrisa.

Ricardo y María, originarios de Zacatecas y miembros de la parroquia St. Michael the Archangel en Aurora, esperan con ansias poder llevar a Mateo a casa. Solo les queda aguardar su completa recuperación de una operación exitosa para remover dos hernias.

“La fe en Dios nos ha sostenido en esos momentos tan difíciles. Mi esposo y yo hemos platicado de lo que ha pasado, pero siempre hemos dicho: ‘Dios mío, ayúdanos.’ Y siempre ha estado una luz para darnos fuerzas”, asegura María.

La noticia

Todo comenzó con una ecografía de rutina el pasado 15 de noviembre, cuando el doctor le dijo a la pareja que algo estaba mal: el bebé no había crecido desde el mes pasado; así que el médico le pidió a María que se quedara internada por unos días para monitorear su salud y la del bebé.

Una noche, María sintió que el bebé no se movía y se lo comunicó a su esposo y al doctor.

“Esa noche nos pusimos a platicar y le dije: ‘Esposo, tenemos que ponernos en manos de Dios y reconocer lo que está pasando. Dios nos está poniendo una prueba y la vamos a superar”, cuenta María.

El día siguiente, 18 de noviembre, María tuvo que dar a luz.

Fotos de Aaron Lambert. María y Ricardo con sus hijos: Judith de 11 años y Ricardo 9, y Mateo de 4 meses

“A mi hijo se lo puse a María Santísima y le dije: ‘Madre mía, en mi vientre ya no puede estar mi hijo, pero recíbelo en el tuyo. Cuídamelo y protégemelo’”, rogó la madre.

Los doctores les prometieron que harían todo lo posible para salvar a Mateo, pero se encontraba muy delicado de salud.

Pasado un día, una de las doctoras les recomendó llamar un sacerdote para bautizar al niño si eran católicos, e incluso una enfermera católica se ofreció a ayudarles a contactarlo.

Ese mismo día el padre Mauricio Bermúdez de la parroquia de St. Michael the Archangel bautizó a Mateo.

Los siguientes meses no fueron nada fáciles. A pesar de que Mateo estaba saludable, sus pulmones no se habían desarrollado completamente por lo que estaba intubado. Una de las dificultades más grandes para los padres era la incertidumbre de ver a su hijo mejorar y el día siguiente empeorar, al igual que el continuo cansancio y tener que buscar maneras creativas de pasar tiempo con Mateo todos los días sin desatender a su familia y su trabajo.

El aborto y la vida

Sin embargo, por encima de las dificultades, Ricardo y María han visto en esta prueba la oportunidad de mostrarle su amor a Mateo, una experiencia que los ha llevado a reflexionar también sobre el don de la vida.

“Un domingo fuimos a misa a la parroquia de St. Pius X y el padre nos invitó a todos a ir a la clínica de abortos a rezar”, cuenta María.

“Más tarde, ese día veía yo a mi hijo y pensaba: ¿Cómo es posible que pensemos que un ser, por estar tan chiquito, no sienta? ¡Por supuesto que siente! ¿Cómo puede una madre permitir que le hagan eso a su hijo en su vientre? No me cabía en la cabeza”.

“Yo veía lo contrario: veía a mi hijo que me buscaba y que sonreía cuando le hablaba y lo relajaba, después de que estaba enojado de lo mucho que lo picaban. Ya con su mirada nos buscaba estando muy chiquito”.

“Veía, a pesar de estar tan pequeño, las ganas de vivir que tenía, y creo que todos los bebés tienen esas mismas ganas de vivir. Si Dios nos los está mandando, los está mandando para algo bueno, y no es justo que uno les corte las alas a estos angelitos”.

Pedro y María Ramos, el hermano y la cuñada de la madre, también feligreses de St. Michael the Archangel, tuvieron la gracia de convertirse en los padrinos de Mateo por haber estado en el momento preciso en que llegó el padre Mauricio a bautizarlo.

“Es un milagro. Cosas como estas aumentan la fe de uno porque uno se da cuenta de que para Dios no hay nada imposible”, dijo Pedro agradecido.

Más allá de todas las dificultades que han enfrentado, Ricardo aseguró que él y su esposa amarán igualmente a Mateo, aunque este llegara a desarrollar algún tipo de defecto debido a su nacimiento prematuro.

“Yo creo que no hay hijo malo para unos padres”, asegura María. “Hemos aprendido de esto el siempre estar agradecidos con Dios y vivir el día a día porque no sabemos el mañana. Solo nos queda tratar cada vez más de ser mejores cristianos, mejores esposos, mejor familia”, concluye.

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

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Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

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