MITOS Y VERDADES: Los católicos adoran las imágenes

Equipo de El Pueblo Católico
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MITO

Los católicos cometen idolatría porque dice en Éxodo 20,3-4: “No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos, abajo en la tierra o en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto”.

VERDAD

Llamar a los católicos idólatras por tener imágenes de Cristo o de los santos se debe a un malentendido o ignorancia de lo que la Biblia verdaderamente enseña sobre el buen y mal uso de las estatuas o imágenes. No podemos tomar solo un versículo aislado, sino que debemos interpretarlo según la enseñanza completa de la Biblia.

Lo que encontramos en las Escrituras es que Dios prohíbe la adoración de las estatuas, pero no su uso religioso. De hecho, Dios llega a mandar que se hagan imágenes en un contexto religioso cuando manda a construir el Arca de la Alianza: “Harás, además, dos querubines de oro macizo” (Ex 25,18-20; otros ejemplos: 1 Cro 28,18-19; Ez 41, 17-18).

Por lo tanto, “No te harás escultura ni imagen” debe interpretarse según la oración: “No tendrás otros dioses fuera de mí”, si no, estaríamos diciendo que Dios se contradice.

Los católicos usan las estatuas e imágenes para recordar a la persona representada y su ejemplo (Heb 13,17), así como vemos el retrato de una madre. También las usan para enseñar, algo que tienen en común con muchos protestantes.

Hay una diferencia entre “honrar” o “venerar” y “adorar”. La adoración está reservada para Dios y sería idolatría adorar a alguien más como a Dios. Así pasó con el becerro de oro que los Israelitas construyeron y adoraron (Ex 32). La “veneración” y el “honor” se pueden usar como señales de respeto y admiración a los seres humanos. El acto de hincarse también puede ser un acto de respeto y no necesariamente de adoración, como se ve en muchas culturas del mundo que se hincan o hacen reverencia a los mayores o sus líderes.

Los judíos tenían prohibido pintar a Dios porque era imposible. Sin embargo, eso cambió con la Encarnación de Jesús, pues Dios tomó una imagen al hacerse hombre.

Los católicos no adoran a las estatuas o a los santos. No veneran a las estatuas, sino a las personas que estas estatuas representan.

No les “rezan” como si fueran Dios, sino que les piden por su intercesión, pues debemos orar unos por otros (St 5,16).

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La espera de la Navidad es uno de los recuerdos más preciados para muchos de nosotros, y con razón: ¿quién no recuerda las bellas tradiciones que se celebraban en este tiempo cuando éramos niños?

Un autor decía que en nuestra vida hay “tres momentos de encanto” en la Navidad.

El primero es cuando somos niños. Muchos de nosotros quizá́ podemos recordar con ilusión el gran sentido de asombro que había en todo lo que se hacía: los cantos, las posadas, la celebración, el nacimiento, el niñito Jesús… Era algo casi místico que dejaba una huella en el corazón y nos abría a un misterio hermoso.

El segundo momento de encanto es cuando crecemos y podemos crear la misma experiencia para nuestros hijos. Al intentar recrear la realidad que nosotros vivimos en nuestra niñez, descubrimos el gran número de detalles y actos de amor que conlleva hacer algo hermoso y memorable. Pero, además, es un momento en el que los papás vuelven a ser como “niños”, al recordar y experimentar de nuevo el entusiasmo y la alegría de lo que se avecina. No es fácil hacerlo, pues requiere de sacrificios, pero en realidad es esencial que un adulto vuelva a ser como niño, que de nuevo sea capaz de asombrarse ante el misterio del nacimiento de Cristo.

El tercer momento es cuando pasamos a ser abuelos y observamos a nuestros hijos suscitar el asombro navideño en nuestros nietos. Para un abuelo, los nietos son una de las alegrías más grandes. Ahora que sus hijos cargan con la mayor parte del peso de la celebración, los abuelos pueden volver a ser como niños, aunque ahora experimentando el asombro y la alegría a través de sus nietos.

En realidad, la Navidad se trata de volver a ser como niños, de permitir que Dios nos llene de asombro y alegría con las bendiciones simples de nuestra vida. El corazón y la mente de un niño son capaces de alegrarse y apreciar las cosas pequeñas. Al final, ellos nos recuerdan que debemos ser como niños para poder ser verdaderos discípulos de Cristo.

La Navidad es entonces una oportunidad para dejarnos asombrar por Cristo y ayudar a nuestros hijos a hacer lo mismo.

Por eso es importante recuperar el sentido cristiano profundo de muchas de las tradiciones propias del Adviento y la Navidad, para así transmitir a nuestros hijos la fe y el asombro que debe suscitar en nosotros el plan maravilloso de Dios.

Si los papás no creamos una cultura de encuentro con Dios en nuestro hogar, ¿quién lo hará? Son precisamente las prácticas palpables que nos abren al misterio de Cristo y las que hacen posible que un niño se enamore de Dios y que un adulto renueve su amor por él.

Descubramos, pues, el sentido cristiano de las prácticas navideñas y asegurémonos de que nuestros hijos lo conozcan.

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