Nuestra respuesta debe ser: reparación, justicia y fidelidad

Arzobispo Aquila

Estas últimas semanas han sido de confusión dentro de la Iglesia, cuando se hicieron públicas las acusaciones sobre el arzobispo McCarrick, los detalles del terrible abuso que sucedió en Pennsylvania que fueron publicados por el gran jurado, y otras instancias de abuso que se dieron a conocer. Este grave comportamiento, me ha golpeado el corazón y ha dañado significativamente la credibilidad de aquellos que fallaron al no detener las fechorías sexuales de sus miembros del clero.

La semana pasada, unos días después de haber regresado de mi retiro anual de ocho días, publiqué una carta a la gente de la arquidiócesis sobre las acusaciones que involucraron al arzobispo McCarrick. Para aquellos de ustedes que aún no han visto esa carta, que es el fruto de la oración y la reflexión, esta columna presenta extractos claves de ella. Incluye además información para reportar los abusos.

Carta a la Arquidiócesis de Denver sobre la crisis del abuso sexual

Como lo mencionó el Cardenal DiNardo, presidente de la Conferencia de Obispos de Estados Unidos, las acusaciones sobre el arzobispo McCarrick han causado “ira, tristeza y vergüenza”, tanto a los obispos como a los laicos. Personalmente, lamento profundamente que tanto los laicos como el clero hayan tenido que experimentar este tipo de traición. En respuesta, le pido a cada sacerdote de la arquidiócesis que ofrezca una misa todos los meses en reparación por los pecados sexuales cometidos por cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos y laicos, y que rece por la sanación de las víctimas de estos pecados. Esta misa será anunciada públicamente para que los fieles laicos puedan asistir y ofrecer oraciones en reparación por estos graves pecados que han herido a tantos, y por sus propios pecados.

Durante mi retiro, mi director me animó a rezar con las llamadas a Isaías, Jeremías y Samuel. Al orar con la llamada a Samuel, me sorprendieron las palabras del Señor a Samuel concernientes a Elí. El Señor le dijo a Samuel que le dijera a Elí, “cumpliré contra Elí todo cuanto he dicho contra su casa, desde el principio hasta el fin. Tú le anunciarás que yo condeno su casa para siempre, porque sabía que sus hijos vilipendiaban a Dios y no los ha corregido”, (1 Samuel 3, 12-13)

Debido a esto, hago un llamado a los obispos de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos para que soliciten y permitan una investigación independiente que incluya a fieles laicos y a aquellos del clero que no tuvieron nada que ver con el asunto. Como la supervisión de los obispos y cardenales cae bajo la jurisdicción de Roma, le pido humildemente al Papa Francisco que realice una investigación independiente como lo hizo en Chile.

Como Jesús lloro sobre Jerusalén, así he llorado por la Iglesia y por las víctimas inocentes. Recuerdo cuando visité Auschwitz por primera vez en 1988. Mientras caminaba con horror en mi corazón sobre la presencia palpable del mal, reflexionando sobre cómo un ser humano puede hacer esto a otro ser humano, escuche en oración, solo Jesucristo y solamente Él puede redimir este mal. Tanto la crisis de abuso como el fenómeno del vaciamiento de nuestras iglesias, y el abandono a Dios por el mundo. Entonces, ¿qué debemos hacer?

Debemos reconocer que la complacencia sobre el mal y los pecados está presente tanto en la Iglesia como en el mundo y nos ha llevado a donde estamos ahora. ¡Este culto de complacencia entre el clero y los laicos debe llegar su fin!

También hemos fallado en reconocer que la batalla espiritual es real. Algunos dicen que el Señor ha abandonado a la Iglesia, pero esto no es verdad. Al contrario, hay algunos dentro de la Iglesia que han olvidado a Jesús y al Evangelio y le han permitido al mal avanzar. El Papa Francisco habla frecuentemente en sus homilías sobre el diablo y su obra. El demonio es real y nos aleja de los caminos de Jesús y del amor del Padre. El demonio crea confusión, caos, desanimo, y pensamientos negativos para alejarnos de Jesús. Cuando uno ve la historia de la salvación puede ver, comenzando con Adán y Eva, pasando por el Antiguo y Nuevo Testamento, a través de los siglos y hasta ahora, que son los seres humanos los que abandonan los caminos de Dios. Y cuando se abandonan los caminos de Dios, Él deja que los seres humanos sigan su propio camino y esto trae terribles consecuencias.

Jesús dice a sus discípulos en Juan 15 que “sin mí, no pueden hacer nada”, y nos dice más adetante que si nos separamos de la vid, Jesús, nos marchitaremos. Quizá la razón de que nuestras bancas esten vacías, del fuerte declive de la fe en Europa y el Occidente, la aniquilación de muchas de las órdenes religiosas, y la crisis de abuso sexual, es que no estamos unidos a Jesús, la vid verdadera. En el corazón de esta crisis de hoy hay una crisis espiritual en la que la gente depende más de las soluciones de los hombres que del el Evangelio y de Jesús. El costo del disipulado es real e incluye morir a nosotros mismos, inlcuye una completa entrega a Jesús, quien nos ama y desea solo nuestro bien y gozo (Lc 9, 23-26 Lc 14, 25-35; Mt 16, 24; Jn 15:11).

Así como un padre pone límites a sus hijos por su propio bien y su protección, así lo ha dispuesto el Señor para nosotros.

Por lo tanto, nuestra respuesta a esta complacencia debe ser un regreso a los caminos de Dios, quien establece el camino de gracia que nos preserva de los peligros reales del pecado y de los ataques del maligno. El Padre nos ha dado a su hijo Jesús, las Bienaventuranzas, los Evangelios, la verdad, y sus mandamientos por amor a nosotros para mantenernos en el camino estrecho del amor. Él es misericordioso en todo lo que nos ha dado. La caridad y la verdad siempre deben de ir juntas. Un discípulo nunca debe inducir a alguien al pecado o a tolerar el pecado. ¡Jesús nunca toleró el pecado!, más bien enseñó que para los que no se arrepienten, la consecuencia de no hacerlo es el infierno.

Todos nosotros dentro de la Iglesia, incluyendo al Santo Padre, cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos debemos examinar nuestras conciencias y preguntarnos a nosotros mismos: ¿Conozco, amo y sirvo verdaderamente al Padre, a Jesús y al Espíritu Santo? y ¿sigo los caminos de Jesús o los caminos del mundo? En la formación de mi conciencia, ¿escucho la voz de Dios, la voz del mundo o mi propia voz y pongo a prueba la voz que escucho para asegurarme que está de acuerdo con el Evangelio?  ¿He puesto personalmente mi fe en Jesucristo, y en este tiempo de tribulación mantengo mi mirada fija en “Jesús, el que inicia y consuma la fe,” (Heb 12, 2)? ¿Sé de dónde vengo?  ¿Que Dios me ama y me conocía antes de mi nacimiento (Sal 139)? ¿Sé a dónde voy, que fui creado para la vida eterna y para conocer al Padre, como lo conoce Jesús? ¿Creo realmente que la intimidad con Jesús puede sanar las heridas de mis pecados, mi debilidad o mi quebrantamiento? Y finalmente, como Jesús frecuentemente recuerda a sus discípulos en Juan 14 y 15, aquellos que lo aman guardan los mandamientos, así como el guarda los mandamientos del Padre, ¿hago yo eso?
En el nivel práctico, el personal de la Arquidiócesis de Denver y yo nos esforzamos por hacer todo lo posible para garantizar que estas cosas no ocurran aquí. Nuestras medidas preventivas incluyen: verificación de no antecedentes penales, clases de ambiente seguro, capacitación de “delator obligatorio”, creando un equipo de respuesta de conducta que se compone principalmente de laicos, una auditoría anual independiente de nuestras estructuras de denuncia de abuso; teniendo una persona laica (Christi Sullivan, 303-715-3241 o Christi.Sullivan@ArchDen.org) como directora de nuestra oficina de Ambiente Seguro, que se ocupa de todos los casos de cualquier tipo de abuso contra menores por parte del clero o laicos, y proporciona exámenes psicológicos para los candidatos al sacerdocio.

Además, témenos un coordinador de asistencia para víctimas, Jim Langley, Psy.D., quien puede ser contactado al 720-239-2832 o Victim.Assistance@ArchDen.org. Si alguien en la arquidiócesis tiene una situación de abuso contra un menor o un anciano concerniente a cualquier miembro del clero o empleado laico de la arquidiócesis, pueden comunicarse con uno de ellos.

Para las situaciones que involucran un comportamiento inapropiado de un sacerdote con un adulto, debe ponerse en contacto con el personal de la oficina de sacerdotes al 720-715-3197. Tanto el Obispo Rodríguez como yo tomamos estos asuntos con la mayor seriedad.

Traducido del original en ingles por Mavi Barraza.
Esta columna fue escrita originalmente en ingles antes de que fuera publicada la carta del arzobispo Carlo María Viganó, el pasado 26 de agosto. 

Próximamente: El amor también se educa

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Por: Javier Fiz Pérez. Aleteia.org

Empezar a hablar con nuestros hijos acerca del amor es algo que podemos hacer desde muy temprana edad. Y es el que amor se manifiesta en la familia desde el momento en el que nuestros hijos llegan a formar parte de ella.

Cando los hijos son pequeños, podemos explicarles el amor, comoese sentimiento de afecto y alegría que sentimos al estar juntos padres e hijos, o esa relación incondicional y llena de mimos y risas que tienen con sus abuelos, por ejemplo. Un abrazo, un beso, decir “te quiero” o “te amo”, o cosas pequeñas, como tener un gesto amable o un detalle hacia nuestros seres queridos, son todas formas en las que nuestros hijos pueden demostrar el amor que sienten hacia su familia.

El amor empieza sabiendo amarse a uno mismo

Una parte sumamente importante al momento de hablar con nuestros hijos sobre este sentimiento, es el hacerlo también, enfocándonos en la sana autoestima. No se puede amar a los demás si no sabemos amarnos a nosotros mismos. De hecho, el gran mandamiento de la vida “ama a los demás como a ti mismo” tiene una sabiduría infinita en su contenido.

La sana autoestima, es algo que se debe cultivar desde pequeños. Al reforzar su autoestima, nuestros hijos se sentirán más seguros y capaces de hacer lo que se propongan, convirtiéndose así, en adultos optimistas, sociables y felices. Los hijos, con el tiempo deben convertirse en adultos preparados para las adversidades que puedan presentarse en sus vidas.

El amor hacia los demás

Además de enseñarles acerca del amor propio, que les ayudará a cuidarse a ellos mismos y ver sus cualidades positivas, también debemos educar a nuestros hijos en el amor hacia otras personas: sus hermanos, sus familiares, sus amigos y compañeros del cole.

A través del amor hacia los demás, podremos enseñarles a ser personas amables, empáticas y respetuosas con los demás, mostrándoles que la felicidad también se consigue a través de la bondad y del hacer el bien a otras personas. Estos valores son la mejor base para una sana educación sexual durante la adolescencia.

Recordemos que gran parte de la enseñanza de vida que podemos dar a nuestros hijos, lo hacemos a través del ejemplo. Ellos nos ven y nos escuchan siempre, por lo tanto es importante que nosotros también trabajemos constantemente en nuestro amor propio y en el amor hacia los demás.

Cuando establecemos la felicidad y el amor como la base de la preparamos mejor a nuestros hijos para su futuro: un niño amado es un niño feliz, y ese niño feliz, crecerá para ser un adulto seguro y optimista, capaz de tener relaciones positivas de amistad y de pareja.