Nuestra respuesta debe ser: reparación, justicia y fidelidad

Arzobispo Samuel J. Aquila

Estas últimas semanas han sido de confusión dentro de la Iglesia, cuando se hicieron públicas las acusaciones sobre el arzobispo McCarrick, los detalles del terrible abuso que sucedió en Pennsylvania que fueron publicados por el gran jurado, y otras instancias de abuso que se dieron a conocer. Este grave comportamiento, me ha golpeado el corazón y ha dañado significativamente la credibilidad de aquellos que fallaron al no detener las fechorías sexuales de sus miembros del clero.

La semana pasada, unos días después de haber regresado de mi retiro anual de ocho días, publiqué una carta a la gente de la arquidiócesis sobre las acusaciones que involucraron al arzobispo McCarrick. Para aquellos de ustedes que aún no han visto esa carta, que es el fruto de la oración y la reflexión, esta columna presenta extractos claves de ella. Incluye además información para reportar los abusos.

Carta a la Arquidiócesis de Denver sobre la crisis del abuso sexual

Como lo mencionó el Cardenal DiNardo, presidente de la Conferencia de Obispos de Estados Unidos, las acusaciones sobre el arzobispo McCarrick han causado “ira, tristeza y vergüenza”, tanto a los obispos como a los laicos. Personalmente, lamento profundamente que tanto los laicos como el clero hayan tenido que experimentar este tipo de traición. En respuesta, le pido a cada sacerdote de la arquidiócesis que ofrezca una misa todos los meses en reparación por los pecados sexuales cometidos por cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos y laicos, y que rece por la sanación de las víctimas de estos pecados. Esta misa será anunciada públicamente para que los fieles laicos puedan asistir y ofrecer oraciones en reparación por estos graves pecados que han herido a tantos, y por sus propios pecados.

Durante mi retiro, mi director me animó a rezar con las llamadas a Isaías, Jeremías y Samuel. Al orar con la llamada a Samuel, me sorprendieron las palabras del Señor a Samuel concernientes a Elí. El Señor le dijo a Samuel que le dijera a Elí, “cumpliré contra Elí todo cuanto he dicho contra su casa, desde el principio hasta el fin. Tú le anunciarás que yo condeno su casa para siempre, porque sabía que sus hijos vilipendiaban a Dios y no los ha corregido”, (1 Samuel 3, 12-13)

Debido a esto, hago un llamado a los obispos de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos para que soliciten y permitan una investigación independiente que incluya a fieles laicos y a aquellos del clero que no tuvieron nada que ver con el asunto. Como la supervisión de los obispos y cardenales cae bajo la jurisdicción de Roma, le pido humildemente al Papa Francisco que realice una investigación independiente como lo hizo en Chile.

Como Jesús lloro sobre Jerusalén, así he llorado por la Iglesia y por las víctimas inocentes. Recuerdo cuando visité Auschwitz por primera vez en 1988. Mientras caminaba con horror en mi corazón sobre la presencia palpable del mal, reflexionando sobre cómo un ser humano puede hacer esto a otro ser humano, escuche en oración, solo Jesucristo y solamente Él puede redimir este mal. Tanto la crisis de abuso como el fenómeno del vaciamiento de nuestras iglesias, y el abandono a Dios por el mundo. Entonces, ¿qué debemos hacer?

Debemos reconocer que la complacencia sobre el mal y los pecados está presente tanto en la Iglesia como en el mundo y nos ha llevado a donde estamos ahora. ¡Este culto de complacencia entre el clero y los laicos debe llegar su fin!

También hemos fallado en reconocer que la batalla espiritual es real. Algunos dicen que el Señor ha abandonado a la Iglesia, pero esto no es verdad. Al contrario, hay algunos dentro de la Iglesia que han olvidado a Jesús y al Evangelio y le han permitido al mal avanzar. El Papa Francisco habla frecuentemente en sus homilías sobre el diablo y su obra. El demonio es real y nos aleja de los caminos de Jesús y del amor del Padre. El demonio crea confusión, caos, desanimo, y pensamientos negativos para alejarnos de Jesús. Cuando uno ve la historia de la salvación puede ver, comenzando con Adán y Eva, pasando por el Antiguo y Nuevo Testamento, a través de los siglos y hasta ahora, que son los seres humanos los que abandonan los caminos de Dios. Y cuando se abandonan los caminos de Dios, Él deja que los seres humanos sigan su propio camino y esto trae terribles consecuencias.

Jesús dice a sus discípulos en Juan 15 que “sin mí, no pueden hacer nada”, y nos dice más adetante que si nos separamos de la vid, Jesús, nos marchitaremos. Quizá la razón de que nuestras bancas esten vacías, del fuerte declive de la fe en Europa y el Occidente, la aniquilación de muchas de las órdenes religiosas, y la crisis de abuso sexual, es que no estamos unidos a Jesús, la vid verdadera. En el corazón de esta crisis de hoy hay una crisis espiritual en la que la gente depende más de las soluciones de los hombres que del el Evangelio y de Jesús. El costo del disipulado es real e incluye morir a nosotros mismos, inlcuye una completa entrega a Jesús, quien nos ama y desea solo nuestro bien y gozo (Lc 9, 23-26 Lc 14, 25-35; Mt 16, 24; Jn 15:11).

Así como un padre pone límites a sus hijos por su propio bien y su protección, así lo ha dispuesto el Señor para nosotros.

Por lo tanto, nuestra respuesta a esta complacencia debe ser un regreso a los caminos de Dios, quien establece el camino de gracia que nos preserva de los peligros reales del pecado y de los ataques del maligno. El Padre nos ha dado a su hijo Jesús, las Bienaventuranzas, los Evangelios, la verdad, y sus mandamientos por amor a nosotros para mantenernos en el camino estrecho del amor. Él es misericordioso en todo lo que nos ha dado. La caridad y la verdad siempre deben de ir juntas. Un discípulo nunca debe inducir a alguien al pecado o a tolerar el pecado. ¡Jesús nunca toleró el pecado!, más bien enseñó que para los que no se arrepienten, la consecuencia de no hacerlo es el infierno.

Todos nosotros dentro de la Iglesia, incluyendo al Santo Padre, cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos debemos examinar nuestras conciencias y preguntarnos a nosotros mismos: ¿Conozco, amo y sirvo verdaderamente al Padre, a Jesús y al Espíritu Santo? y ¿sigo los caminos de Jesús o los caminos del mundo? En la formación de mi conciencia, ¿escucho la voz de Dios, la voz del mundo o mi propia voz y pongo a prueba la voz que escucho para asegurarme que está de acuerdo con el Evangelio?  ¿He puesto personalmente mi fe en Jesucristo, y en este tiempo de tribulación mantengo mi mirada fija en “Jesús, el que inicia y consuma la fe,” (Heb 12, 2)? ¿Sé de dónde vengo?  ¿Que Dios me ama y me conocía antes de mi nacimiento (Sal 139)? ¿Sé a dónde voy, que fui creado para la vida eterna y para conocer al Padre, como lo conoce Jesús? ¿Creo realmente que la intimidad con Jesús puede sanar las heridas de mis pecados, mi debilidad o mi quebrantamiento? Y finalmente, como Jesús frecuentemente recuerda a sus discípulos en Juan 14 y 15, aquellos que lo aman guardan los mandamientos, así como el guarda los mandamientos del Padre, ¿hago yo eso?
En el nivel práctico, el personal de la Arquidiócesis de Denver y yo nos esforzamos por hacer todo lo posible para garantizar que estas cosas no ocurran aquí. Nuestras medidas preventivas incluyen: verificación de no antecedentes penales, clases de ambiente seguro, capacitación de “delator obligatorio”, creando un equipo de respuesta de conducta que se compone principalmente de laicos, una auditoría anual independiente de nuestras estructuras de denuncia de abuso; teniendo una persona laica (Christi Sullivan, 303-715-3241 o Christi.Sullivan@ArchDen.org) como directora de nuestra oficina de Ambiente Seguro, que se ocupa de todos los casos de cualquier tipo de abuso contra menores por parte del clero o laicos, y proporciona exámenes psicológicos para los candidatos al sacerdocio.

Además, témenos un coordinador de asistencia para víctimas, Jim Langley, Psy.D., quien puede ser contactado al 720-239-2832 o Victim.Assistance@ArchDen.org. Si alguien en la arquidiócesis tiene una situación de abuso contra un menor o un anciano concerniente a cualquier miembro del clero o empleado laico de la arquidiócesis, pueden comunicarse con uno de ellos.

Para las situaciones que involucran un comportamiento inapropiado de un sacerdote con un adulto, debe ponerse en contacto con el personal de la oficina de sacerdotes al 720-715-3197. Tanto el Obispo Rodríguez como yo tomamos estos asuntos con la mayor seriedad.

Traducido del original en ingles por Mavi Barraza.
Esta columna fue escrita originalmente en ingles antes de que fuera publicada la carta del arzobispo Carlo María Viganó, el pasado 26 de agosto. 

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “EL GRAN RESCATE”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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