Confiar en Dios es un acto de voluntad

Escritor Invitado

Por: Marybeth Bonacci

Soy sobreviviente de cáncer, aunque fue breve y relativamente fácil de tratar. Pero después de esto los doctores se vuelven hiper vigilantes por posibles nuevos tipos de cáncer. Periódicamente pueden ver en mí algo sospechoso y tengo que pasar una incómoda semana esperando los resultados de nuevos exámenes. Durante años he estado saludable pero el cáncer podría aparecer de nuevo.

Cuando estoy saludable y me va bien en mi vida, leo acerca de las personas que valientemente enfrentan enfermedades y pienso: “Yo también lo haría. Sería valiente, confiaría en Dios y tendría siempre una gran sonrisa”.

Pero luego “eso” – o incluso la vaga amenaza de un posible “eso” – sucede, y me desmorono como un pastel.

Resulta que yo, con un cerebro sobregirado por pensar más de la cuenta y con la inclinación que, como hija primogénita tengo, a tener todo bajo control, a veces me es difícil “dejar ir y dejar a Dios”.

Naturalmente que en las partes racionales de mi mente sé que Dios me ama, y que Él tiene un plan, que todo lo hace bien. Sé que Él es mi padre amoroso y poderoso y, por lo tanto, es eminentemente confiable.

Hace no mucho tiempo me encontré con un libro chiquito y flaquito escrito por el padre Jacques Philippe acerca de Santa Teresita de Lisieux titulado “La confianza en Dios”. Él escribe sobre su increíble confianza infantil en Dios. El tipo de confianza que hace que el resto de nosotros nos sintamos pecadores y paganos. Pero él también entra en un gran detalle acerca de la insistencia que Dios conoce y que entiende nuestras debilidades, y que “el buen Dios no exige más de ti que la buena voluntad” ¿Buena voluntad? ¡Creo que puedo lograrlo! La buena voluntad no quiere decir estar satisfecho con la mediocridad. No quiere decir que nosotros no tratamos porque Dios nos ama como somos. Simplemente quiere decir que, a pesar de nuestras debilidades, estamos haciendo lo mejor si seguimos a Cristo, y si hacemos lo que Él nos llama a hacer.

La confianza en Dios no es algo que ocupe primariamente nuestros sentimientos. Es un acto de la voluntad. Nuestras emociones muchas veces están fuera de control y no pueden ser indicadores confiables de santidad o falta de ella.

Pero todavía podemos decidir esto, no importa lo que nuestras emociones puedan estar haciendo, la parte racional de nuestra mente, la parte que podemos elegir libremente, al elegir confiar en Dios. Hacer esta elección no quiere decir que automáticamente nuestra ansiedad va a desaparecer de manera mágica.  Más bien quiere decir que estamos escogiendo, en la medida en que podamos, confiar en Él.

Mientras sigamos rindiéndonos a Dios a pesar de la ansiedad, comenzará gradualmente a suceder algo hermoso. Comenzaremos a experimentar un sentido de paz que supera el miedo. Es hermoso cuando esto sucede. Pero no es obra nuestra.

En su acción, el Espíritu se mueve en nuestros corazones, anulando nuestras hormonas y nuestras emociones para permitir que comencemos una experiencia en la que “la paz sobrepasa cualquier entendimiento”.

Irónicamente, el tiempo en el que he experimentado esta paz de manera más notable es cuando tenía cáncer. Vino la noche que estaba esperando mi diagnóstico final, cuando estaba orando en la capilla del Santísimo y dije: “Bueno, supongo que si me quieren, allá iré”. Al reconocer mi total impotencia y dependencia de Él en medio de una crisis, Él me dio un profundo sentido de paz que duró todo mi tratamiento. Entonces entiendo que esto puede suceder.

Si hay una cosa cierta en la vida, es que vendrán momentos de dificultad. Cuando esto ocurre, recomiendo, aún en momentos de ansiedad, repetir una y otra vez “Jesús, te entrego todo a ti. Cuida de todo”. Y, en las formas que Él conoce, ten la certeza de que lo hará.

Próximamente: El amor también se educa

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Por: Javier Fiz Pérez. Aleteia.org

Empezar a hablar con nuestros hijos acerca del amor es algo que podemos hacer desde muy temprana edad. Y es el que amor se manifiesta en la familia desde el momento en el que nuestros hijos llegan a formar parte de ella.

Cando los hijos son pequeños, podemos explicarles el amor, comoese sentimiento de afecto y alegría que sentimos al estar juntos padres e hijos, o esa relación incondicional y llena de mimos y risas que tienen con sus abuelos, por ejemplo. Un abrazo, un beso, decir “te quiero” o “te amo”, o cosas pequeñas, como tener un gesto amable o un detalle hacia nuestros seres queridos, son todas formas en las que nuestros hijos pueden demostrar el amor que sienten hacia su familia.

El amor empieza sabiendo amarse a uno mismo

Una parte sumamente importante al momento de hablar con nuestros hijos sobre este sentimiento, es el hacerlo también, enfocándonos en la sana autoestima. No se puede amar a los demás si no sabemos amarnos a nosotros mismos. De hecho, el gran mandamiento de la vida “ama a los demás como a ti mismo” tiene una sabiduría infinita en su contenido.

La sana autoestima, es algo que se debe cultivar desde pequeños. Al reforzar su autoestima, nuestros hijos se sentirán más seguros y capaces de hacer lo que se propongan, convirtiéndose así, en adultos optimistas, sociables y felices. Los hijos, con el tiempo deben convertirse en adultos preparados para las adversidades que puedan presentarse en sus vidas.

El amor hacia los demás

Además de enseñarles acerca del amor propio, que les ayudará a cuidarse a ellos mismos y ver sus cualidades positivas, también debemos educar a nuestros hijos en el amor hacia otras personas: sus hermanos, sus familiares, sus amigos y compañeros del cole.

A través del amor hacia los demás, podremos enseñarles a ser personas amables, empáticas y respetuosas con los demás, mostrándoles que la felicidad también se consigue a través de la bondad y del hacer el bien a otras personas. Estos valores son la mejor base para una sana educación sexual durante la adolescencia.

Recordemos que gran parte de la enseñanza de vida que podemos dar a nuestros hijos, lo hacemos a través del ejemplo. Ellos nos ven y nos escuchan siempre, por lo tanto es importante que nosotros también trabajemos constantemente en nuestro amor propio y en el amor hacia los demás.

Cuando establecemos la felicidad y el amor como la base de la preparamos mejor a nuestros hijos para su futuro: un niño amado es un niño feliz, y ese niño feliz, crecerá para ser un adulto seguro y optimista, capaz de tener relaciones positivas de amistad y de pareja.