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martes, enero 31, 2023
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“No podemos concebir tanto amor”: La Eucaristía es el sacramento de la caridad

Por el padre Daniel Cardó, párroco de la iglesia del Santo Nombre en Denver.

En los comienzos de la Iglesia no había edificios sagrados. Los primeros cristianos no tenían libros, ni siquiera la Biblia. Lo que le dio existencia a la Iglesia es todavía hoy el corazón que le da el flujo más esencial de la vida, más que cualquier ley, institución o proyecto. Este corazón no es una cosa, sino una persona: Jesucristo, verdaderamente presente en la Eucaristía. Y aunque hay muchas cosas más que se han desarrollado a lo largo de los siglos, el corazón sigue siendo el mismo, y ahí encontramos la fuente de la caridad.

La Eucaristía es el sacramento de la caridad no tanto porque en ella recordamos el amor de Cristo e intentamos imitarlo, sino porque en ella Dios sigue dándonos su amor. Así como amó a su pueblo elegido y prometió guardar su amor y fidelidad para siempre, y así como esa promesa se cumplió en la encarnación, que llevó al amor hasta el final de la cruz, así ese mismo amor sigue llegando a nosotros a través de los sacramentos. Joseph Ratzinger dijo: “Se hizo carne para poder convertirse en pan”. Dios nos da su amor de una manera que nadie podría haber imaginado. No hay intuición humana posible de la Eucaristía porque simplemente no podemos concebir tanto amor. En este sacramento recibimos no solo el ejemplo supremo de la caridad, sino la caridad misma.

Eucaristía y caridad

Existen tres formas en que la Eucaristía puede entenderse como el sacramento de la caridad: el sacrificio, la presencia y la comunión.

Sacrificio

Una oración antigua (de alrededor del siglo V d. C.) que todavía rezamos hoy en la Misa revela el poder del sacrificio de la Eucaristía: “Cada que se celebra el memorial de este sacrificio, se realiza la obra de nuestra redención”. Cada Misa es el cumplimiento de nuestra redención; ¡si tan solo reflexionáramos más sobre esto! La Eucaristía es la renovación del sacrificio del calvario: la cruz es la fuente infinita; cada Misa es una corriente de agua que riega el mundo.

Esto nos recuerda un punto central que a menudo se olvida. La clave para una participación auténtica y verdaderamente activa en la Misa no depende de cuántas cosas podemos hacer, cuántos roles externos podemos desempeñar, sino de aprender a ofrecer el sacrificio con amor. Al entrar en el sacrificio de Cristo y unir nuestros propios sacrificios al suyo, aprendemos también a “convertirnos en un sacrificio”, como dijo audazmente san Agustín: nosotros que “continuamente celebramos el sacramento del altar” también debemos ofrecer continuamente a Dios “sobre el altar de nuestro corazón, el sacrificio de la humildad y la alabanza, encendido por el fuego del amor”.

Presencia

El sacrificio de la Eucaristía trae la presencia amorosa de Dios. Es tan común pensar o escuchar a la gente hablar sobre la idea romántica de no haber conocido a Jesús como lo hicieron los primeros discípulos. Si tan solo hubiéramos pasado algunas de esas veladas íntimas con él junto al mar de Galilea, nuestra vida sería mucho mejor, ¿no es cierto?

Sin embargo, hoy no “recibimos menos” de la presencia de Jesús. San Ignacio de Antioquía decía camino al martirio: “Nuestro Dios Jesucristo, por estar en el Padre, se manifiesta incluso más”. ¡Podemos ver a Jesús más que aquellos pocos que pasaron algunos días y noches con él en Galilea! Podemos estar con él por ese sacramento que Ignacio llamó “el pan de Dios, que es la carne de Cristo; su sangre, que es caridad incorruptible”.

En la caridad incorruptible de la Eucaristía, la presencia de Dios no se restringe a las limitaciones de tiempo y espacio asumidas por la encarnación. El Señor está realmente presente en cada altar, en cada sagrario. En efecto, “¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yaveh nuestro Dios siempre que le invocamos?” (Dt 4,7).

Comunión

La caridad de la Eucaristía también penetra nuestro ser de otra manera sorprendente. Cristo no solo quiere habitar entre nosotros; también quiere morar dentro de nosotros. Esta es la verdadera caridad esponsal: una unión completa que es tanto espiritual como física.

¿Quién iba a pensar que Dios pudiera estar dentro de nosotros, especialmente en esos pequeños momentos en que su presencia real permanece antes de que desaparezcan los accidentes del sacramento? La buena noticia es que esta unión sacramental no se desvanece: la Eucaristía produce los efectos duraderos de la gracia santificante, la caridad y la inhabitación de la Trinidad. ¿Puede acaso existir alguna razón para caer en la desesperación cuando Dios no solo está con nosotros, sino en nosotros? Quizá esto es lo que Pablo tenía en mente cuando escribió: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col 1:27).

Conclusión

La caridad de la Eucaristía estará siempre ahí, pero sus frutos personales dependen de nuestra disposición. El Avivamiento Eucarístico es una buena ocasión para renovar nuestra disposición a acoger esta caridad de manera fecunda.

La caridad infundida en nosotros al participar del sacrificio de la Misa y —si somos tan bendecidos— al recibir la sagrada comunión puede y debe convertirnos en mejores discípulos y apóstoles más valientes. La Misa nos tiene que hacer diferentes, como decía san Juan Crisóstomo: “Salgamos, pues, de aquella mesa como leones respirando fuego, terribles a Satanás, con el pensamiento fijo en el amor que nos ha mostrado”. Este es el poder sorprendente del sacramento de la caridad: cuando Cristo está en nosotros, respiramos el fuego del amor y nos volvemos terribles para el demonio. Con esta gracia, podemos convertirnos en santos, podemos prender fuego al mundo.

 

Este artículo se publicó en la edición de la revista de El Pueblo Católico titulada «Déjate transformar por la caridad». Lee todos los artículos o la edición digital de la revista AQUÍ. Para suscribirte a la revista, haz clic AQUÍ.

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