¿Por qué mantener el celibato sacerdotal?

Mary Beth Bonacci

En octubre, se llevará a cabo en el Vaticano la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la región Panamazónica.

Entre los temas en la agenda está una discusión sobre la posibilidad de ordenar a hombres casados al sacerdocio en esa región, debido a una extrema falta de vocaciones en el lugar. La noticia ha despertado el debate sobre el celibato sacerdotal en general, y sobre si ha llegado el momento de llevar los requisitos a un nivel más amplio. Es así como me di cuenta de que era hora de revisar el tema nuevamente.

Para marcar el rumbo, me gustaría comenzar esta discusión con un pequeño examen.

¿Por qué la Iglesia Católica exige el celibato de por vida para los sacerdotes ordenados?

  1. Porque el sexo es malo, sucio y nuestros sacerdotes no deben contaminarse.
  2. Porque no queremos tener que apoyar a las familias de los sacerdotes con fondos de la iglesia.
  3. Ninguna de las anteriores
  4. Todas las anteriores

La respuesta correcta sería C, ninguna de las anteriores.

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué demonios estos hombres tendrían que renunciar a la posibilidad del matrimonio y de tener hijos, solo porque quieren servir a Dios como sacerdotes?

El celibato sacerdotal es una disciplina de la iglesia, no una doctrina.  Puede cambiar.  Este requisito ya ha cambiado en relación con los sacerdotes episcopales casados que se convierten al catolicismo.  En esta época de escasez generalizada de sacerdotes, e incluso escándalos aún más extendidos, ¿deberíamos considerar expandir esa exención y eliminar por completo el requisito del celibato sacerdotal?  ¿No animaría un sacerdote casado a más hombres, quizás más saludables, a responder al llamado de Dios?

Quizás. ¿Pero bajo qué precio?

Las discusiones sobre la eliminación del celibato sacerdotal no son nuevas.  Han existido el mismo tiempo que el mismo celibato sacerdotal.  Uno de los períodos en que más se desató el debate sobre el tema, sucedió a finales de la década de 1960 en respuesta al Papa Pablo VI, quien escribió una encíclica titulada “Sacerdotalis Caelibatus”.  Ahí explicó las razones de la larga historia del celibato sacerdotal de la Iglesia y enumeró tres “significados” o “razones” de esta tradición:

Razón cristológica:

El sacerdocio no es solo un trabajo, es un estado de ser.  Abarca toda la existencia del sacerdote, coloca una marca en su alma, una marca que lo seguirá hasta la eternidad.  El sacerdote es ordenado por un obispo, que fue ordenado por un obispo, que fue ordenado por un obispo, que fue ordenado por otro obispo, en una cadena ininterrumpida que se remonta a los apóstoles. Y es a través de esa ordenación sacramental, por el poder y la gracia que transmite, que el sacerdote se coloca en la persona de Cristo.  Él tiene el poder de consagrar la Eucaristía, de convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.  Puede perdonar nuestros pecados.  Y así, parado en la persona de Cristo, el sacerdote busca ser como él en todas las formas, e imita la vida de Cristo, que incluye el celibato de Cristo.

Pero unos dicen: Cristo también tenía barba.  ¿El sacerdote también tiene que imitar eso? ¿Hasta dónde tenemos que llevar toda esa imitación?

Bueno, la pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿Qué fue parte integral del ministerio de Cristo? ¿Fue integral el celibato? ¿Cómo sería si Cristo se hubiera casado y hubiera tenido hijos?  Habría tenido que trabajar para sustentarlos.  Habría tenido que proporcionarles un hogar. Sin repetidas predicaciones de pueblo en pueblo. Jesús no iba a ser un esposo y un padre ausente. Fue la libertad del celibato lo que le permitió entregarse por completo al servicio del Padre y de los hijos del Padre. Entonces, yo sí diría que fue integral. La barba no tanto.

Razón eclesiológica:

Esto básicamente significa que se trata de la Iglesia. Nuestra interpretación de un sacerdote no es necesariamente que sea un hombre soltero.  Él, como Cristo, de hecho está “casado” con la Iglesia. Tú has escuchado todo lo que se dice acerca de cómo la Iglesia es la “novia de Cristo”.  Realmente creemos eso.  Y el sacerdote, de pie en persona de Cristo, también se convierte en el novio dando su vida por la Iglesia, especialmente por parte de la Iglesia a la que sirve.  No solo nos ofrece su “día de trabajo”, el rebaño.  El ofrece su vida, nos sirve como un esposo sirve a su esposa (y nosotros, los fieles, como buenas “esposas” también deberíamos de hacer un esfuerzo para amar y cuidar a nuestros sacerdotes).  Su atención y efecto no se dividen entre su novia, la Iglesia, una esposa y familia terrenal.  Tiene mucha más libertad que un hombre casado.  Libertad no solo para servir a su rebaño, sino para orar, meditar y acercarse al Cristo a quien representa en esta tierra.  Lo que luego lo prepara para ofrecer un mayor servio al rebaño.

Razón escatológica:

Esto significa que se trata de la próxima vida.  ¿Recuerdas mi última columna sobre las Hermanas Clarisas que toman la decisión radical que vivir esta vida como si ya fuera la vida eterna, centrándose solo en Cristo? Bueno, los sacerdotes también participan en eso.  Las Escrituras dicen que, en el cielo no nos casaremos ni seremos dados en matrimonio (Mt 22:30). Los sacerdotes y consagrados prefiguran esa realidad aquí, recordándonos que todo lo que sucede en esta vida es solo un preludio de la vida por venir.

Y así, por todas estas razones, me opongo a la eliminación total del requisito del celibato sacerdotal. Se que ya tenemos “excepciones”.  Conozco varias de esas “excepciones” y creo que son personas maravillosas y sacerdotes maravillosos.  Sin embargo, creo que ellos mismos reconocerían la diferencia entre la excepción y la regla, y que la pérdida del celibato sacerdotal cambiaría nuestra comprensión del carácter y el carisma del sacerdocio.  El sacerdocio se percibiría cada vez más como otra opción de carrera, una carrera para comenzar y dejar por voluntad.

Y sea lo que sea el sacerdocio, definitivamente no es solo un trabajo.

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

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Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

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