San Pablo VI, un papa profético

El Papa Francisco elevó a los altares el pasado domingo al Papa Pablo VI junto con otros seis nuevos santos (entre ellos San Óscar Romero).

Su nombre de pila fue Giovani Battista Montini. Estuvo en el pontificado entre 1963 y 1978, año en que murió en la residencia veraniega de Castelgandolfo. Este sacerdote, proveniente de Brescia, norte de Italia, era conocido por su espíritu misionero. No obstante fue enviado desde muy joven a trabajar en la Secretaría de Estado Vaticana donde se convirtió en uno de los más estrechos colaboradores del entonces secretario de estado, cardenal Eugenio Pacelli, quien luego fue elegido papa Pío XII. Montini fue nombrado arzobispo de Milán donde se le conocía por ser cercano a los más necesitados y por velar por las necesidades de los trabajadores.  Participó como cardenal en las primeras sesiones del Concilio Vaticano II, evento del cual tuvo que encargarse él, al morir su antecesor el papa Juan XXIII y al ser él nombrado el nuevo pontífice de la Iglesia católica tomando el nombre de Pablo VI.

No fue fácil llevar el rumbo de la Iglesia entre los años 60 y 70. La mala recepción del Concilio Vaticano II por un lado y su mala interpretación por el otro, que llevaron a la desacralización del catolicismo en muchos casos y de un cisma con los católicos más apegados a la tradición por el otro, fueron algunas de las consecuencias que tuvo que afrontar este papa, tras realizarse esta importante reunión que congregó a todos los obispos del mundo y en la cual se plantearon nuevos métodos de evangelización acordes con los tiempos actuales sin quitar nada de lo esencial del Evangelio sino más bien conservando la belleza de las enseñanzas de Jesús que son las mismas ayer, hoy y siempre.

San Pablo VI tuvo que enfrentar el desafío de mantener en una balanza la tradición con la novedad. Los frutos no se vieron inmediatamente. Es más, él tuvo que enfrentar a muchos hombres que dejaron el sacerdocio, pero ni siquiera este dramático panorama lo detuvieron. Más bien, le impulsaron su deseo misionero. Fue el primer papa en viajar fuera de Italia. Su primer destino fue Israel donde tuvo el histórico encuentro con el patriarca de Constantinopla Atenágoras I tras 525 años de separación total entre ortodoxos y católicos y lo que llevó al levantamiento de la excomunión que otorgaron mutuamente el Papa y el Patriarca de Constantinopla en el año 1054 creando así el Cisma de Occidente.

Uno de los hechos más valientes así como polémicos  de su pontificado fue la publicación de la encíclica Humanae Vitae, en la que invitó a los esposos a vivir el amor conyugal, de modo que estén abiertos a la vida. Este documento fue publicado en el año 1968, en plena revolución sexual, y Pablo VI la firmó en espíritu de oración, sabiendo la polémica que podía despertar. Muchos católicos, e incluso importantes teólogos, no comprendieron su sabiduría profética. Pero el tiempo confirmó planteamientos de Pablo VI: Él temía que el uso de los anticonceptivos llevaría a una banalización de la sexualidad y a una mayor cosificación de la mujer; hoy 50 años después de su publicación, la realidad confirma su preocupación.

Así llegó a los altares San Pablo VI quien eligió este nombre para honrar la memoria del Apóstol de los Gentiles y, como dijo el Papa Francisco en su homilía “Al igual que él (San Pablo), gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres”.

Próximamente: La sabiduría de San Benito en nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

“Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta”, nos insta la Regla de San Benito. “Abramos nuestros ojos a la luz… y nuestros oídos a la voz del cielo que todos los días nos llama… ‘Si escuchas hoy su voz, no endurezcas tu corazón’” (Sal 95,8). El 11 de julio, la Iglesia conmemora a San Benito, y sus palabras de hace 1,500 años parecen perfectamente adecuadas para los tiempos desafiantes y cambiantes de hoy.

La Regla de San Benito se escribió alrededor del 530, una época en que el Imperio Romano se había derrumbado y la existencia del cristianismo en Europa estaba amenazada. Dada nuestra situación cultural actual y sus paralelos con su tiempo, creo que podemos encontrar fruto en las enseñanzas de San Benito.

San Benito creció rodeado de una cultura moralmente corrupta, pero con la gracia de Dios vivió una vida virtuosa. Después de pasar un tiempo estudiando en Roma, huyó de su decadencia moral para buscar una vida más solitaria. San Benito vivió la vida de ermitaño durante varios años antes de que finalmente fundara varios monasterios, que se convirtieron en centros de oración, trabajo manual y aprendizaje.

San Benito comienza su regla instando a los monjes a “escuchar atentamente las instrucciones del maestro y atenderlas con el oído de su corazón” (Regla, Prólogo 1). Para nosotros, esto significa establecer un tiempo diario para escuchar al Señor, tanto en la lectura de las Escrituras como en la oración conversacional y la meditación.

Nuestra base segura durante estos tiempos difíciles debería ser la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, no los mensajes en constante cambio que nos bombardean en las noticias o en las redes sociales. Para algunos, cada tendencia en línea se ha convertido en una forma de evangelio que debe cumplirse con convicción religiosa. Pero la fe que nos transmitieron los Apóstoles es el único Evangelio verdadero y el único que puede salvar almas. Aunque los tiempos y la tecnología eran diferentes, San Benito entendió la importancia de escuchar “las instrucciones del maestro”.

En su libro El misterio del bautismo de Jesús  el predicador de la familia papal, el padre Raniero Cantalamessa, aborda la necesidad de que los sacerdotes se armen para la batalla “contra los gobernantes mundiales de esta oscuridad actual” (cf. Jn 10: 12) En el centro de su reflexión está la idea de que “Jesús se liberó de Satanás mediante un acto de obediencia total a la voluntad del Padre, de una vez por todas entregándole su libre albedrío, para que realmente pudiera decir: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.’ (Jn. 4,34)”.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Pongo primero la voluntad del Padre en mi vida, en cada decisión que tomo y en todo lo que digo y hago? Si colocamos la voluntad del Padre en el centro de nuestras vidas y realmente lo escuchamos con “los oídos de nuestro corazón” como enseñó San Benito, estaremos preparados para lo que suceda y siempre daremos testimonio del amor de Dios y de los demás. Vivimos en un mundo que ha eliminado a Dios de su cultura. La historia, tanto la historia de la salvación como la historia mundial, muestra claramente lo que sucede cuando esto ocurre. Cuando Dios es eliminado, algo más se convierte en “dios”. Las sociedades descienden y eventualmente caen y desaparecen a menos que regresen al Dios verdadero y se conviertan en culturas que promuevan una vida de santidad y virtud.

Hay por menos una lección más de la regla de San Benito que es aplicable en estos tiempos de desunión y división social. Los monjes y hermanas de la familia espiritual benedictina son conocidos por su hospitalidad. La Regla enseña esta virtud de esta manera: “A todos los huéspedes que vienen al monasterio se les recibe como a Cristo, porque él dirá: ‘era forastero y me acogieron’ (Mt 25,35). Hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6:10) y a los peregrinos” (Regla, # 53).

Pidamos en nuestra oración poder ver a otros como Cristo mismo que viene a nosotros, incluso si están vestidos con lo que Santa Madre Teresa llamó “el disfraz angustiante de los pobres”. Si buscamos continuamente la voluntad del Padre y pedimos en oración por la configuración de nuestro corazón al suyo y nuestra voluntad a la suya, entonces podremos resistir cualquier desafío.