“Me has seducido Señor y yo me he dejado seducir por Ti”

El Padre Tomás comparte lo vivido durante sus 50 años de sacerdocio

Colgada en la pared de la oficina del Padre Tomás Fraile, se encuentra una foto de su pueblito natal, Oliva de Plasencia. “Se llama así por los numerosos olivos que tenemos, es hermoso”, dice el padre señalando la que fue su casa, ubicada a unas cuadras de la Iglesia local. Esa casa ya no es más suya, pues al responder al llamado del Señor, el P. Tomás ha hecho de Denver su hogar, su tierra, su familia, y de Dios su lote y su heredad.

“Denver es el lugar donde he desarrollado mi apostolado y he visto a Dios muy cerquita”, señala el sacerdote con su marcado acento español, “pues estamos en las montañas, lo vemos desde lo alto y aunque no sea el monte Tabor, aquí lo he encontrado yo”.

Tenía apenas 13 años cuando entró al Seminario menor de los Teatinos; a ellos los conoció de muy joven y se sintió prontamente atraído por su carisma. “Me gustó mucho su misión y me encantó la manera de hablar de uno de ellos, sobre todo su manera de pensar, el modo como hablaban de la Providencia, que es el amor que Dios nos tiene; y claro, si Él cuida de los lirios y los pájaros, con cuánto más cuidado vela por nosotros”, dice el padre Tomás. Luego añade con picardía, “también me encantaba el fútbol, y me habían prometido que se jugaba en el seminario; como muchacho que era, pensé que era una idea excelente, ahí se mataban dos pájaros de un tiro”.

El P. Tomás terminó filosofía y teología a muy temprana edad, pero pidió no ser ordenado como sacerdote aún; quería confirmar si realmente Dios lo llamaba. Y el Señor se encargó de decírselo. “Fue hermoso sentir el llamado de Dios con la cita de Jeremías 20, 7”, dice el padre y la repite haciéndola suya: “Me has seducido y yo me he dejado seducir…tú has sido más fuerte que yo, te has salido con la tuya”.

“¿Y cómo lo sedujo el Señor?”, le pregunté, y él respondió sin pensarlo dos veces: “A través de las necesidades de la sociedad”. Esas mismas necesidades, lo llevaron hace 40 años a asumir la parroqua St. Cajetan, su familia amada, en donde ha desplegado la mayor parte de su vocación sacerdotal.

Cuando la Arquidiócesis decidió vender la Iglesia St. Cajetan, el padre se preocupó mucho del futuro de todos los parroquianos hispanos que se quedaban sin ‘casa’. “La gente quería identificarse con su parroquia, era la parroquia nacional de Denver. El Padre Jaime Prohens y yo fuimos a ver qué pensaba la gente, y algunos querían tener una nueva iglesia. Trabajamos mucho para conseguirla y gracias a la Providencia de Dios, y al pueblo, pudimos construir esta Iglesia en julio de 1975”.

Desde entonces, St. Cajetan fue para él su hogar y su comunidad. En ella aprendió a amar a la comunidad hispana y formó una hermosa amistad con el P. Prohens, con quien vivió “34 años, 8 meses y 15 días”, recuerda, hasta que el Señor llamó al P. Prohens a su Gloria.

“Fuimos grandes amigos”, recuerda el Padre con nostalgia, “como todos los buenos amores, en el buen sentido de la palabra, hemos estado juntos en alegrías, en penas, nos quisimos y permanecimos fieles, sirviendo a la comunidad, y entendiendo como hermanos que no vinimos para ser servidos, sino para servir”.

Han pasado ya 50 años desde que el Padre Tomás se ordenó como sacerdote y en todos estos años, nos dice, “he tratado siempre de vivir mi pasión por la Palabra de Dios,  viviendo el servicio desinteresadamente, con alegrías y penas, salud y enfermedad y grandes ganas de amar y servir a nuestro pueblo. Al llegar a Denver y ver al pueblo hispano, sentí que Dios me llamaba acá. Ojalá y pueda continuar haciendo esto durante muchos años más”.

Próximamente: El Evangelio de la Vida- La medicina de nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

Han pasado 25 años desde que San Juan Pablo II lanzó su histórica carta encíclica Evangelium Vitae – El Evangelio de la Vida – que hizo una contribución significativa a la comprensión de la Iglesia de cómo se debe valorar la dignidad humana de cada persona. A lo largo de los años desde su publicación, el mundo ha sido testigo de una erosión constante de las leyes y las creencias sociales comunes que han protegido esta dignidad dada por Dios, desde los cambios a lo que el estado reconoce como matrimonio, la forma en que tratamos a los ancianos, a la continuación destrucción del feto. El Papa Francisco ha unido su voz a esta enseñanza al enfatizar el valor propio de los no nacidos y los ancianos mientras habla fuertemente en contra de nuestra cultura de usar y tirar en todo el mundo.

Siempre he apreciado la naturaleza clara y profética de Evangelium Vitae. De hecho, la amenaza actual del virus COVID-19 será un momento decisivo en cómo nuestra sociedad trata la dignidad de cada persona. ¿“Respetaremos, protegeremos, amaremos y serviremos la vida, cada vida humana” (EV, 5) en la forma en que respondemos, o solo cuidaremos de nosotros mismos? ¿Respetaremos la vida de los ancianos tanto como de los jóvenes?

San Juan Pablo II tiene palabras de sabiduría para nosotros en esta elección: solo en la primera dirección “encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad” (EV, 5). Solo cuando los países siguen el Evangelio de la Vida, vendrá la paz verdadera y duradera.

En una entrevista para El Pueblo Católico, el padre Ángel Pérez subraya que la dignidad y el valor de cada persona tienen su origen en la imagen y semejanza de Dios. Hoy vemos la devaluación de la persona en la implementación generalizada de la creencia de que la verdad es relativa y determinada por cada persona. El Evangelium Vitae advierte que esta forma de acercarse a la vida lleva a las personas a llegar inevitablemente al punto de rechazarse unas a otras como obstáculos en el camino o como herramientas para la autosatisfacción. (Cf. EV, 20).

El padre Luis Granados aborda el aborto y la eutanasia como ideas que actualmente están de moda como principales amenazas contra la vida humana. Algunos han presentado el argumento de que el cambio climático o la inmigración son agresiones contra la vida humana que son tan moralmente graves como el aborto y la eutanasia. Pero estos problemas son cualitativa y moralmente diferentes. Entre las diferencias que resalta están el hecho de que un niño no nacido es inocente, que estos actos implican la toma directa e intencional de la vida, y que matar a los no nacidos, ancianos y discapacitados corrompe el corazón de la persona que quiere o participa en causar su muerte, de una manera que destruir el medio ambiente no lo hace.

La seriedad de estos importantes temas resalta los desafíos importantes que enfrentamos hoy en día. Como dice San Juan Pablo II, “perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. A su vez, la violación sistemática de la ley moral, especialmente en el grave campo del respeto de la vida humana y su dignidad, produce una especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios” (EV, 21). Hemos visto crecer la obscuridad progresiva especialmente en los últimos 10 años con el suicidio asistido por un médico, la redefinición del matrimonio y algunos obispos, aún más tristemente, ya que deberían saberlo mejor, argumentando que el aborto es un tema preeminente en la votación. .

Como creyentes en la Resurrección y como personas redimidas por Jesús, somos llamados para entrar en esta oscuridad con la luz del Evangelio. En la lectura del Evangelio de Juan el pasado fin de semana, Jesús abrió los ojos del ciego, y muchos están espiritualmente ciegos hoy. Jesús desea abrir sus ojos si ponen su fe en él. Jesús nos enseña: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan. 8:12).

A medida que celebramos el 25 aniversario de Evangelium Vitae, las palabras de cierre de San Juan Pablo II resuenan aún más fuerte: “A todos los miembros de la Iglesia, las personas de la vida y para la vida, hago esta petición urgente, para que juntos podamos ofrecer a este mundo nuestras nuevas señales de esperanza y trabajar para asegurar que la justicia y la solidaridad aumenten y que se afirme una nueva cultura de la vida humana, para la construcción de una auténtica civilización de la verdad y el amor”. En este momento del coronavirus es bueno recordar esta esperanza y continuar construyendo una “civilización auténtica de la verdad y el amor”.

Que nuestra Señora de la Nueva Evangelización interceda por nosotros durante estos tiempos difíciles y nos ayude a estar atentos a la inspiración del Espíritu Santo para ver cómo podemos defender la dignidad de cada persona desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.