Vestir bien en la casa de Dios

Obispo Jorge Rodríguez

(Foto de Andrew Wright)

De niños se nos educó que cuando uno va a Misa o a una función litúrgica en la Iglesia se va muy bien vestido. En el fondo era una cuestión de fe: si tenemos fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, ¿cómo te vestirías para presentarte delante de Dios? Todos sabemos muy bien que hay unas ciertas reglas para vestir bien en funciones sociales. Nunca te permitirías ir en shorts a una graduación, o ir en camiseta sin mangas a un concierto de la Filarmónica. A una graduación vas en pantalones, y para ir a un concierto de música clásica, hasta te pones un saco de vestir.

Me da la impresión de que los católicos hemos olvidado un poco ciertas normas de urbanidad y decencia cuando nos presentamos ante Dios. Especialmente en el verano tendemos a descuidarnos un poco más.

No se trata de vestir Versace o un traje de Oscar de la Renta, sino de vestir decentemente cuando venimos a encontrarnos con Dios. A mí, la verdad, me da mucha pena, sobre todo en bodas, quinceañeras y este tipo de celebraciones litúrgicas, cuando veo personas que se presentan con vestidos indecentes -cortos, escotados, abiertos en ciertas zonas, muy entallados, mostrando el ombligo, abiertos en la pierna hasta arriba, en color carne insinuando el desnudo, etc-. Daría la impresión de que la intención de esa moda es insinuar lo que no se ha mostrado, incitar a la tentación y al pecado, o simplemente dar una connotación sexual a la persona ¿Cómo te ve Dios cuando entras así en su casa?

No quiero decir que la gente lo hace explícitamente con esa intención. Pero sí tengo que reconocer que muchas personas siguen esas modas dictadas por el mundo y por el enemigo. Los católicos no nos debemos dejar llevar por esos influjos que no son cristianos. El cristiano se debe caracterizar por la modestia en el vestir, la decencia en la moda y el pudor personal.

Otras veces se puede pecar por descuido. Veo en la Iglesia personas que vienen a Misa en camiseta, en chancletas, con el pantalón todo roto y deshilachado (¡la moda!), sin mangas e incluso sin tirantes, mini shorts, jeans tan entallados que no dejan nada a la imaginación, y otros por el estilo. Y cuando esto se ve en los lectores o ministros extraordinarios de la comunión, el efecto es todavía más pesante.

La Iglesia es la casa de Dios, no es el parque y no es la playa. Te presentas ante el mismo Dios en persona. Actúa en consecuencia. Pero lo más preocupante es que algunos puedan pensar que, aunque esas modas no sean convenientes para un lugar de culto, sí se puedan usar para la fiesta o el banquete.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que: “El pudor es modestia; inspira la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción.

“Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de comunicación a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes”. (nn. 2522-2523)

Mira, te invito a hacer este ejercicio: la próxima vez que te estés preparando para ir a Misa, piensa: “Voy a la casa de Dios. Voy a estar delante de Dios”, y selecciona qué te vas a poner.

 

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “EL GRAN RESCATE”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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