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martes, mayo 24, 2022
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El dolor de un sacerdote sin su pueblo

Por el padre Paul D. Scalia, sacerdote de la diócesis de Arlington, VA, donde se desempeña como vicario episcopal para el clero.

El sacerdote entró… y sacó la piedra del altar y la metió en su bolsa; luego quemó los hilos de lana con el aceite sagrado sobre ellos y arrojó la ceniza afuera; vació la pila de agua bendita, apagó la lámpara del santuario y dejó el tabernáculo abierto y vacío, como si a partir de ahora siempre fuera el Viernes Santo.

El primer día sin misas públicas en nuestra diócesis, recordé esta escena de la novela Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh, cuando el sacerdote fue a cerrar la capilla de la familia Marchmain. Esa última línea en particular sonó en mi mente: como si de ahora en adelante siempre fuera el Viernes Santo.

De acuerdo, la analogía no es perfecta. Nuestra situación no es exactamente como el Viernes Santo. La misa todavía se ofrece (aunque en privado), nuestro Señor Eucarístico todavía está presente y nuestras iglesias aún están abiertas para que la gente venga a rezar. Aun así, aunque es necesario, la suspensión de la misa pública crea un dolor similar al del Viernes Santo. Es como ser exiliado de un ser querido: sabes dónde está, pero no puedes estar con él.

Aquí hay otro exilio doloroso: el del sacerdote de su pueblo. Los fieles de todo el mundo sufren el dolor de la vida sin la Misa. Los sacerdotes sufren el dolor de la vida sin su gente. Esos hombres han dado sus vidas por el rebaño de Cristo. Ahora luchan por comprender sus vidas sin ese rebaño. Apacentar el rebaño de Dios entre vosotros, San Pedro exhorta a los pastores de la Iglesia (1 Pedro 5: 2). Pero, ¿qué hacer cuando el rebaño ya no está entre vosotros… y no se le permite estar?

Toda la situación pone de relieve esta verdad acerca de nosotros los sacerdotes de la parroquia: somos ordenados propter homines que significa apropiados para servir al pueblo de Dios. Nuestras vidas no tienen sentido sin un pueblo al que servir o un rebaño que atender. Cuando se le preguntó qué pensaba sobre los laicos, el Cardenal San Juan Enrique Newman señaló que «la Iglesia se vería tonta sin ellos». Resulta que somos los sacerdotes los que nos vemos más tontos en ese escenario.

Somos dolorosamente conscientes de lo que sucede cuando un sacerdote pierde la perspectiva sobrenatural y el sentido de lo sagrado. Se vuelve no solo inútil sino peligroso. Un sacerdote debe estar orientado y atento a lo divino en primer lugar. Pero ahora vemos la otra parte de la ecuación más claramente. El sacerdote mantiene una orientación y un enfoque en lo divino, no para sí mismo sino para los demás. Todo sumo sacerdote está tomado de entre los hombres y constituido en favor de la gente en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Heb 5: 1) Sin la presencia de aquellos por quienes actúa, un sacerdote puede perder de vista su propósito.

La suspensión de la misa pública, como cualquier cruz que soportamos, puede y debe convertirse en una ocasión para el crecimiento espiritual. Necesitamos sacar lo bueno que podamos de este sufrimiento. ¿Qué podría significar esto para un sacerdote?

Para empezar, la ausencia de una congregación puede recordar a los sacerdotes que en la misa estamos ante el Señor en nombre de nuestro pueblo. Por supuesto, ellos no están ahí. Pero estamos allí en su lugar y en su nombre. Esto resalta la diferencia entre un líder de oración y un sacerdote. El primero simplemente coordina y guía una acción comunitaria. Todo lo que necesita es delegación, no autorización divina.

Pero un sacerdote es designado para actuar en nombre de los hombres en relación con Dios. Se presenta ante el Todopoderoso como la encarnación de las oraciones y sacrificios de su pueblo, ya sea que estén allí o no. Su ausencia debería aumentar nuestra apreciación de esta verdad.

Otra cosa maravillosa es la generosidad evangélica y el ingenio de tantos sacerdotes sin su rebaño. Durante el bombardeo de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial, Monseñor Ronald Knox se retiró a Mells para trabajar en las traducciones de las Escrituras. De repente se convirtió en el sacerdote de una escuela de niñas que había sido evacuada de Londres a ese pueblo tranquilo. No era el mejor panorama para el bookish Knox. No es lo que él habría buscado. Pero su respuesta fue generosa, innovadora y duradera. De ahí provienen dos de sus mejores obras: The Creed in Slow Motion y The Mass in Slow Motion.

Así también, muchos sacerdotes, aparte de sus congregaciones, están aprovechando al máximo las cosas. La situación es triste, y no es lo que hubieran elegido. Pero no se rinden. Están descubriendo cómo evangelizar de nuevas e inesperadas maneras. El Internet ha hecho posibles varias soluciones creativas, y muchos han encontrado oportunidades para llegar al rebaño que ya no está en medio de ellos.

Además, toda esta situación revela la verdadera naturaleza del ministerio sacerdotal: que es realmente una cuestión de paternidad espiritual, de un padre presente a su pueblo. La incapacidad de estar físicamente presentes, resalta una dolorosa necesidad de ser un padre presente.

Esto también revela que toda la tecnología que tendemos a ver como la solución evangélica, es insuficiente, y solo es una solución provisional. Es una paradoja fascinante que en esta situación, tanto los sacerdotes como el pueblo, dependamos más de nuestra tecnología y conozcamos más profundamente sus límites. Por muy útil que sea (el correo electrónico, la transmisión en vivo, videos publicados, etc.), en realidad no puede ponernos en contacto unos con otros. Solo nos ayuda hasta que se pueda recuperar la comunicación humana auténtica: inmediata, cara a cara, persona a persona.

No hay sustituto para la presencia del sacerdote entre su pueblo. Y el corazón de un sacerdote no puede contentarse con una conexión virtual. Anhela lo real.

Una última rosa de estas espinas: una mayor apreciación por la devoción de nuestra gente. La falta de una misa pública los domingos tendrá un gran impacto en la vida de todos los católicos, se den cuenta o no. Pero muchos se dan cuenta. Anhelan la misa, todavía vienen a la iglesia a rezar y desean recibir todo lo que un sacerdote desea dar. Ver su dolor y anhelo debería alentarnos a ser dignos de ellos.

El nuestro es un inesperado adviento en medio de la Cuaresma. Estamos esperando y preparándonos para cuando el sacerdote de Cristo pueda estar nuevamente con su pueblo.

 

Imagen destacada de PIERO CRUCIATTI / AFP a través de Getty Images

Esta columna fue publicada originalmente en el sitio web The Catholic Thing (thecatholicthing.org) el 22 de marzo. Copyright 2020. Todos los derechos reservados. Reimpreso con permiso.

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